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Chapter 1
La cama que nadie quería
La primera maleta cayó sobre la cama junto a la ventana con un golpe que hizo temblar el cristal.
—Esa es mía —dijo Eder.
Miguel, que llevaba una mochila torcida colgada de un hombro, miró la cama, miró a Eder y volvió a mirar la cama como si acabara de descubrir una prueba importante.
—¿La has reservado por internet?
—La he visto primero.
—Eso no es reservar. Eso es tener ojos.
Cedrick entró detrás de ellos cargando dos bolsas, una nevera pequeña y una sombrilla que se enganchó en el marco de la puerta. Tiró de ella, la sombrilla se abrió dentro del pasillo y durante unos segundos los tres quedaron atrapados entre tela azul, cremalleras y una rueda de maleta que giraba sin avanzar.
Habían salido de Vitoria con la emoción de quien se marcha a conquistar un continente, aunque el viaje solo hubiera durado unas horas y Cedrick hubiera preguntado cinco veces si quedaba mucho. El alojamiento de verano aparecía al final de un camino rodeado de pinos, con paredes blancas, persianas verdes y un cartel de madera que prometía actividades, piscina y habitaciones compartidas.
La habitación, sin embargo, prometía otra cosa.
Era estrecha, alargada y olía a madera recién fregada. Había cuatro camas, dos a cada lado, un armario que parecía diseñado para guardar como máximo tres camisetas y una ventana desde la que se veía el patio, la piscina y una zona de césped donde ya se reunían otros grupos. La cama junto a la ventana recibía una corriente de aire fresco y tenía una repisa propia.
Para Eder, aquello no era una cama.
Era la cama.
—La he elegido porque está ventilada —explicó, apartando la maleta de Miguel con el pie—. Y tiene luz natural.
—También tiene una ventana —dijo Miguel—. Eso suele pasar con las camas junto a las ventanas.
—Por eso es mejor.
—Entonces la de la esquina tiene una esquina. ¿La dejamos para Cedrick?
Cedrick seguía peleándose con la sombrilla.
—Yo solo quiero una cama que no esté debajo de algo que pueda caerme encima.
En ese momento, una percha salió disparada del armario y aterrizó sobre su cabeza.
Cedrick se quedó quieto.
—Retiro lo dicho. Quiero el suelo.
Eder colocó su mochila encima de la cama junto a la ventana, después la maleta y, por si alguien no había entendido el mensaje, una zapatilla.
—Listo.
Miguel dejó su mochila en la cama de enfrente.
—Qué rápido has decorado tu reino.
—No empieces.
—No he empezado. Solo estoy describiendo la situación. Hay un rey, una ventana y una zapatilla que parece el guardia de la frontera.
Eder notó cómo se le calentaban las orejas. No pensaba discutir por una cama. No era eso. Era que Miguel tenía la costumbre de convertir cualquier decisión sencilla en una competición absurda, y luego fingía que la competición había aparecido sola.
—La cama junto a la ventana es más fresca —dijo—. Además, yo he metido primero las cosas.
—Cedrick ha metido primero la sombrilla.
—La sombrilla no cuenta.
—¿Por qué?
—Porque no es una persona.
Cedrick levantó un dedo desde debajo de la tela azul.
—La sombrilla ha llegado antes que todos nosotros a la habitación.
Miguel sonrió.
—Votación.
—No.
—Perfecto. Votamos que no haya votación.
—He dicho que no.
—Entonces la cama es mía.
Miguel se dejó caer sobre el colchón de Eder. El somier soltó un chirrido largo, parecido al maullido de un gato que hubiera pisado un juguete.
Eder retiró su maleta de un tirón.
—Levántate.
—Estoy comprobando la calidad.
—Comprueba el suelo.
—El suelo no tiene colchón.
—Porque no es una cama.
—Eso es una opinión.
Cedrick consiguió cerrar la sombrilla, pero al hacerlo golpeó la lámpara del techo. La pantalla osciló de un lado a otro. Eder la miró con desconfianza. La habitación parecía estar tomando partido por Miguel.
—Podemos repartirlas por sorteo —propuso Cedrick—. Con una moneda.
—No tenemos moneda —dijo Miguel.
—Con una chancla.
—La mía está limpia.
—La mía tiene arena —dijo Eder.
Miguel se incorporó.
—La arena puede ser la cara.
—¿Y qué sería la cruz?
—La otra cara de la chancla.
Eder cerró los ojos un instante. Habían tardado menos de cinco minutos en convertir la elección de una cama en un sistema electoral basado en calzado sucio.
—No hace falta sorteo. La cama es mía porque la he elegido primero.
—Entonces yo elijo la de arriba.
—No hay literas.
—Eso es porque nadie ha pensado a lo grande.
Cedrick abrió el armario y trató de meter dentro la nevera pequeña. La puerta no cerraba. Empujó. La nevera se deslizó hacia fuera, golpeó una silla y la silla chocó contra la maleta de Eder. La maleta se abrió.
Un pantalón, dos camisetas y un calcetín volaron por la habitación.
El calcetín cayó exactamente sobre la zapatilla que vigilaba la cama.
Miguel señaló la escena.
—Tu guardia se ha rendido.
—Ha sido Cedrick.
—Yo estaba intentando guardar la nevera —protestó Cedrick—. Además, la nevera no cabe.
—Porque estás metiendo una nevera en un armario —dijo Eder.
—Era una idea provisional.
—Era una idea malísima.
—Las ideas provisionales suelen ser malas. Por eso son provisionales.
Miguel abrió la ventana de golpe. Entró una ráfaga de aire que levantó las camisetas del suelo y empujó el mapa de actividades contra la pared. El papel cayó detrás de la cama.
—Ahora sí que la cama es mejor —dijo Miguel—. Tiene ventilación y acceso directo a los documentos secretos.
—Cierra eso.
—¿Por qué?
—Porque se vuela todo.
—Eso es precisamente lo interesante.
Eder se lanzó a sujetar el mapa. Cedrick intentó atrapar las camisetas. Miguel agarró el calcetín, que salió disparado de su mano y quedó colgado del pomo de la puerta. Durante unos segundos, la habitación se convirtió en una especie de tormenta doméstica: papeles golpeando las paredes, una percha rodando bajo una cama y la sombrilla abriéndose otra vez porque Cedrick la había dejado apoyada en el armario.
—¡Cierra la ventana! —gritó Eder.
—¡Estoy sujetando el mapa!
—¡Con la otra mano!
—La otra mano la tengo ocupada.
—¿Con qué?
Miguel levantó la zapatilla de Eder.
—Con la prueba del delito.
Eder se giró tan rápido que pisó una camiseta. Resbaló, chocó contra la silla y acabó sentado sobre la maleta abierta. El cierre se cerró de golpe alrededor de su pierna.
Cedrick se quedó mirando.
—¿Te has metido en la maleta?
—No.
—Parece que sí.
—Ayúdame.
Cedrick tiró de la maleta. Miguel sujetó a Eder por los hombros. La rueda del equipaje se atascó en una rendija del suelo y la maleta no se movió. Cedrick tiró más fuerte. Miguel tiró también. Eder, atrapado hasta la rodilla, empezó a deslizarse hacia ellos mientras su otra pierna golpeaba el colchón.
—¡No tiréis así!
—Has dicho que te ayudáramos —respondió Miguel.
—¡No he dicho que me desmontarais!
Cedrick soltó la maleta por accidente. Eder salió disparado hacia atrás, cayó sobre la cama junto a la ventana y rebotó contra la pared. La zapatilla que Miguel llevaba en la mano salió volando y aterrizó en la repisa.
Hubo un silencio breve.
La cama había quedado libre.
Miguel miró a Eder, todavía sentado sobre el colchón.
—Técnicamente, acabas de ganar.
Eder se levantó despacio. Tenía una camiseta pegada a la espalda y el calcetín colgando de un bolsillo.
—Lo sabía.
—No parecía un plan.
—Los planes buenos no siempre parecen planes.
Cedrick señaló la puerta.
—Creo que deberíamos dejar de mover cosas.
—Por fin una propuesta sensata —dijo Eder.
En ese instante, Miguel encontró el mapa de actividades debajo de la cama. Lo sacó doblado, con una marca de zapatilla en una esquina.
—Aquí está. La primera actividad se elige ahora en el patio. Hay turno por grupos.
—¿Ahora? —preguntó Cedrick.
—Ahora mismo.
Desde fuera llegó un silbato y después la voz de una monitora llamando a los recién llegados. Se oyeron pasos apresurados en el pasillo. Otros chicos bajaban corriendo, algunos arrastrando bolsas, otros discutiendo por quién llevaba la llave.
Eder miró su maleta abierta, la ropa desperdigada y la cama junto a la ventana. La había conseguido. El problema era que el resto de la habitación parecía haber sobrevivido a un pequeño huracán con malas intenciones.
—Primero ordenamos —dijo.
Miguel se llevó una mano al pecho.
—¿Ordenar antes de elegir actividad? Eso no lo contempla ningún verano decente.
—No pienso dejar mis cosas por ahí.
—Tus cosas ya han estado por ahí. Han viajado por toda la habitación.
Cedrick recogió la sombrilla.
—Podemos ordenar mientras bajamos.
—¿Cómo?
—Llevando las cosas.
—¿Y quién lleva qué?
Miguel volvió a sonreír. Eder reconoció aquella sonrisa. Era la misma que aparecía justo antes de una broma, una provocación o una decisión que luego alguien tendría que explicar.
—Necesitamos un reglamento —anunció Miguel.
Eder lo miró.
—¿Para elegir camas?
—Para todo. Camas, turnos, actividades, bromas, castigos…
—¿Quién decide los castigos?
—El reglamento.
—¿Y quién hace cumplir el reglamento?
Miguel abrió la boca, pero no respondió.
Cedrick levantó la mano.
—Yo no.
—Yo tampoco —dijo Eder.
—Entonces lo decidimos después —concluyó Miguel.
—Eso no es un reglamento —dijo Eder.
—Es un reglamento en fase de construcción.
El silbato sonó otra vez, más cerca. La monitora gritó que el primer turno para elegir actividad empezaba en un minuto.
Eder agarró su mochila. Cedrick se colgó la nevera pequeña como pudo. Miguel recogió el mapa y, sin que nadie se lo pidiera, se puso la sombrilla bajo el brazo como si fuera una espada.
Salieron al pasillo justo cuando un grupo doblaba la esquina. Tuvieron que apartarse contra la pared. La puerta de la habitación quedó abierta y el viento volvió a entrar. Desde allí, Eder vio cómo su camiseta se deslizaba lentamente por el suelo y desaparecía debajo de la cama de Miguel.
—¡Mi camiseta!
—Luego la recoges —dijo Miguel.
—¡Es la buena!
—Entonces sobrevivirá.
Bajaron las escaleras a toda velocidad, pero llegaron al patio cuando la monitora ya estaba entregando las últimas tarjetas de elección. Un grupo se había quedado con la excursión al lago. Otro había escogido la pista de obstáculos. Solo quedaba una tarjeta sobre la mesa.
La monitora la levantó.
—Para vosotros queda el turno de la tarde.
Eder miró a Miguel.
Miguel miró a Cedrick.
Cedrick miró la nevera, que se había abierto durante la carrera y llevaba una botella de agua rodando entre los pies.
—Al menos tenemos cama —dijo Miguel.
—Yo tengo la cama —corrigió Eder.
—Y nosotros tenemos una sanción de horario.
—No es una sanción —dijo la monitora—. Simplemente habéis llegado tarde.
—Eso es una sanción con otro nombre —murmuró Cedrick.
Eder apretó la tarjeta entre los dedos. Había conseguido la cama junto a la ventana, sí. La corriente fresca le daba en la cara y desde el patio se veía la piscina. Pero también había perdido la primera elección del verano, llevaba un calcetín en el bolsillo y acababa de aceptar, sin saber muy bien cómo, que Miguel redactara un reglamento para una pandilla que todavía no había decidido quién mandaba.
Miguel levantó la sombrilla.
—Esta tarde elegimos actividad. Y esta noche redactamos las normas.
—Tú no vas a redactar nada —dijo Eder.
—Entonces redactas tú.
—Yo no he dicho eso.
Cedrick recogió la botella del suelo y se la guardó en la nevera.
—Podemos hacer una norma que prohíba discutir por las normas.
Eder lo pensó durante un segundo.
—No funcionaría.
—¿Por qué?
—Porque Miguel discutiría la norma.
Miguel sonrió.
—Ya tenemos la primera.
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What's inside: 5 chapters
- 1. La cama que nadie quería
- 2. El reglamento que se volvió contra Eder
- 3. La nota que mandó al sitio equivocado
- 4. El megáfono anunció el desastre
- 5. La foto salió con todos dentro
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"Los Rompepartys: El Verano Descontrolado" is a comedy book by Anonymous with 5 chapters and approximately 12,474 words. Las aventuras veraniegas de cuatro amigos entre bromas, rivalidades y desafíos.
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Las aventuras veraniegas de cuatro amigos entre bromas, rivalidades y desafíos
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The book contains 5 chapters and approximately 12,474 words. Topics covered include La cama que nadie quería, El reglamento que se volvió contra Eder, La nota que mandó al sitio equivocado, El megáfono anunció el desastre, and more.
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