Read the first chapter
The whole of chapter one, free. About 11 min. Turn the pages with the arrows, your keyboard, or a swipe.
Chapter 1
El Mandato del Condón en la Calle
El mandato de condonismo no se salta ni con café recalentado: Mateo Salcedo se ajustó el último condón como quien ata su cinturón de seguridad contra el destino, y se acomodó la mochila al hombro mientras el motor de una combi escupía humo con olor a gasolina y canela barata. La esquina bulliciosa donde trabajaba olía a fritanga, a bocina impaciente y a promesa de caos. Mateo caminaba con esa fe práctica que solo tienen los que han leído demasiada Biblia y han aprendido demasiado temprano que la protección es más importante que la dignidad… aunque la dignidad, por supuesto, también se puede proteger, si se mueve rápido. - Siempre protegido - murmuró, como si la frase fuera un amuleto de bolsillo y no un escándalo filosófico.
Se le pegó la consigna al oído con el rebote de los altavoces de un puesto de elotes. Una señora ofrecía vasos de agua como si fueran copas de juramento; un señor gritaba “¡suavizante pa’ la vida!”; y un niño corría con una pelota que sonaba como tambor de batalla. Mateo soltó una risa nerviosa, se enderezó el cuello y siguió rumbo a su trabajo, porque el condonismo manda: no negocias la protección, aunque el mundo negocie todo lo demás.
A mitad de la banqueta, la luz del día se volvió más agresiva por el calor, y el piso más traicionero por la humedad. Mateo vio el charquito tarde, como se ve un problema tarde cuando uno trae la mente ocupada en cosas sagradas. La suela resbaló apenas, lo suficiente para que su cuerpo hiciera ese baile involuntario de “no pasa nada” que los humanos ejecutan cuando algo sí pasa, pero todavía no se quiere admitir.
Sintió un tirón frío en la zona que uno no menciona en voz alta. El condón - ese pequeño cilindro de fe - se le salió con la naturalidad de una moneda que cae en el momento menos oportuno. Primero rozó su tobillo, luego rodó por la banqueta con un sonido ridículo: un “plop” que parecía chiste de mal gusto. Mateo alcanzó a agacharse, pero la calle, traicionera y chismosa, ya había decidido otra cosa. - ¡No, no, no! - dijo, con la voz de quien intenta detener un tren con una mano.
El condón rebotó cerca de un puestecito de llaveros. Un vendedor se inclinó a recogerlo, pero antes de tocarlo, una señora de trenzas lo vio y gritó con la energía de quien descubre el milagro de la semana. - ¡Ay, mire nomás! ¡El señor del negocio anda bien preparado! - y señaló el condón como si fuera un trofeo.
Mateo alcanzó a agarrar el aire. Una mano ajena se adelantó, otra mano ajena se rió, y el condón - ya convertido en asunto público - cambió de dueño en un parpadeo. Se oyó un “¡qué ruidito!” desde algún lugar, seguido por una bocina larga que sonó como aplauso. - ¡Eso es de usted! - le acusó un muchacho con bigote recién despertado, sosteniendo el condón con dos dedos, como si fuera una cucaracha elegante.
Mateo quiso explicarse, pero el condonismo no contempla explicar: contempla actuar. Se lanzó a recuperarlo, pisando el borde de la banqueta con ese entusiasmo que solo nace cuando el cerebro llega tarde. Su mochila golpeó un puesto de vasos; el golpe sonó a tambor de guerra contra plástico; y el vendedor, en vez de ayudar, se ofendió por el impacto. - ¡Oiga, don, cuidado con mi mercancía! - protestó el vendedor mientras su puesto temblaba y los llaveros tintineaban como campanas de cárcel. - ¡No es mercancía! - Mateo extendió la mano, pero el muchacho del bigote se lo mostró primero al grupo, como quien enseña un pez muerto. - Entonces ¿qué es? - preguntó una mujer, con el condón aún entre dedos, ya con sonrisa de rumor.
Mateo tragó saliva. El calor le pegó en la nuca y el olor a fritanga le subió a la nariz, mezclándose con el drama de estar a punto de parecer vendedor ambulante de algo que ni siquiera se vende en la iglesia. La gente se juntó. No por interés santo, sino por curiosidad con esteroides. - Es… un mandato - balbuceó Mateo, porque su boca eligió la palabra más rara, la más filosófica, la más condenada a malinterpretarse. - ¿Mandato? - repitió una señora como si Mateo hubiera dicho “carnaval”. - Sí. Del condonismo - dijo, y en ese momento se arrepintió de haber pronunciado la religión en voz alta, porque la calle no respeta tratados teológicos; la calle respeta chistes.
El muchacho del bigote arqueó las cejas. - Ah, ya sé. Usted es el que vende el condón del mandato. - Lo dijo con orgullo, como si hubiera descifrado un misterio policial.
Mateo intentó recuperar el condón, pero el grupo lo rodeó con la alegría cruel de la multitud. Una risa hizo eco junto a la bocina de una combi, y otra risa se sumó desde el puesto de elotes, donde el olor a maíz dulce se volvió combustible para el chisme. - ¡No se lo den! - dijo Mateo, señalando al condón como si fuera un animal que se escapa. - ¿Por qué no? - preguntó alguien. Y la pregunta no era curiosidad: era invitación a que la escena se volviera espectáculo.
El vendedor de llaveros, aún irritado por el golpe de la mochila, se metió con su propia lógica callejera. - Si es mandato, entonces póngase a trabajar, don. Aquí se trabaja con mandatos. ¡Oiga, oiga, condonismo en oferta!
Mateo abrió la boca para negar, para explicar, para invocar el texto sagrado que tenía en la cabeza. Pero en lugar de eso, su voz se le fue por el camino más absurdo: se le resbaló la dignidad entre las palabras. - ¡Yo no vendo! - declaró -. ¡Yo practico!
La frase solo empeoró todo. Practicar en la calle sonaba a show, y show sonaba a negocio. Como si el universo, con humor latino y mala puntería, hubiera decidido que el condón debía convertirse en su currículum. - ¡Practica y luego lo vende! - dictaminó una mujer, con la certeza de quien ha visto demasiadas telenovelas y muy pocos tratados.
Mateo sintió el impulso de correr, pero la banqueta era una trampa: gente, puestos, olor a canela, bocinas, y ese calor pegajoso que te hace sudar hasta las ideas. Intentó avanzar hacia el muchacho del bigote, pero el muchacho se echó para atrás con una sonrisa de “yo gano”. - ¿Trae más del mandato? - preguntó el muchacho, y alzó el condón como si fuera un micrófono.
Mateo miró el condón. Tenía una forma ligeramente doblada por el rodamiento en la calle, como si el mismo destino lo hubiera arrugado para hacerlo más gracioso. No era solo un objeto: era una evidencia. Y Mateo, con su suerte de principiante en desgracias públicas, era el sospechoso oficial. - ¡Devuélvamelo! - soltó Mateo, ya sin paciencia. - ¿Y si no? - dijo el vendedor de llaveros, y a Mateo se le heló el estómago porque sonaba exactamente como el tipo de amenaza que luego se vuelve canción.
Entonces pasó lo inevitable: alguien empujó sin querer para ver mejor. El condón cayó otra vez, pero esta vez no rodó hacia los pies de Mateo. Rodó hacia la esquina de un puesto de tacos, donde el camarógrafo del barrio - un señor con mirada de influencer pero sin celular, armado únicamente con ganas - gritó una frase que se oyó en toda la calle: - ¡Toma, toma, toma! ¡Aquí está el evangelio en vivo!
El condón rebotó sobre una servilleta húmeda, se pegó un segundo por la grasa del taco y quedó suspendido un instante en el aire, como si el universo estuviera haciendo slow motion para humillarlo con estilo. El olor a carne y aceite se le metió a Mateo por la nariz, y la idea de que su mandato sagrado ahora olía a taquito fue la gota final.
La multitud se rió, pero no con piedad: con entusiasmo de feria. Un hombre imitó a Mateo con voz exagerada: - “Siempre protegido”, dice… y el condón se le sale. ¡Qué fe la de este compa!
Mateo sintió que el mundo se le volvía plaza pública. Dio un paso hacia el puesto de tacos, extendió la mano, y el camarógrafo improvisado lo señaló como si fuera un personaje en juicio. - ¡Este es el vendedor! ¡Díganle que se presente! - ¡No soy vendedor! - Mateo casi escupe la frase, como si la saliva pudiera limpiarlo del rumor. - Entonces preséntese como practicante - dictaminó la señora de trenzas, que ya tenía el condón en la mano otra vez, limpia de taco pero no de vergüenza.
Mateo quiso acercarse, pero la señora lo mantuvo a distancia con la movilidad ágil de quien no quiere perder el chisme. - A ver, practicante - dijo, y el tono fue tan teatral que hasta los elotes se hicieron a un lado -. ¿Cómo se llama su mandato?
Mateo parpadeó. En su cabeza sonaron versículos, pero en la calle los versículos se convierten en apodos. Su boca, traicionera, decidió recitar el lema completo, pero lo recitó con la prisa de quien intenta escapar de una multa. - Condonismo… y siempre estar protegido.
Se hizo un silencio raro, como cuando una bocina se queda sin aire. Luego explotó el caos con un coro de risas y exclamaciones. Alguien repitió la frase con voz de pregonero: - ¡“Siempre estar protegido”! ¡Miren, miren, es el lema del milagro!
Otra voz remató: - ¡El compa lo trae puesto y aun así lo pierde! ¡Eso sí es fe, carnal!
Mateo intentó recuperar el condón, pero la señora lo levantó más alto. - ¡Yo no lo suelto hasta que me diga si trae descuento para el domingo! - ¡No tengo descuento! - Mateo casi lloró de frustración, pero la comedia lo aplastó antes de que pudiera ponerse serio.
El vendedor de llaveros se sumó, feliz como si la tragedia ajena fuera su cumpleaños. - ¡Yo hago el anuncio! “Condón del mandato: protege, evita problemas y cae donde le da la gana”. ¡Barato, barato!
Mateo sintió que su vida entera se había vuelto un anuncio. La calle vibró con bocinas y comentarios. Un par de señoras empezaron a bromear con tallas y con “la talla del destino”, y un señor, que parecía tener autoridad moral por el simple hecho de estar gordo y seguro, soltó: - Este bato es de los que creen que la protección llega sola. ¡Pues no, compadre! ¡Hay que agarrarla cuando cae!
Mateo se quedó quieto un segundo. El calor le quemaba la frente, el aire le sabía a fritanga y humo, y el condón, en la mano de una señora, parecía más pequeño que su vergüenza. Quiso desaparecer en la banqueta, tragarse el rumor y reaparecer con dignidad en su trabajo, como si la calle no fuera a recordar su nombre.
Pero condonismo no es desaparición: es persecución… en el sentido social.
La gente empezó a llamarlo de distintas formas, todas peores que la anterior. Uno gritó “¡Salcedo, el del mandato!”; otro gritó “¡Mírenlo, ahí viene el evangelista del látex!”; y alguien, con una risa que venía lista para el chisme del día siguiente, soltó el rumor más ridículo: - Dicen que Mateo tiene un pacto con el condón. Que si se le cae, es porque alguien lo necesita… ¡y por eso siempre le pasa!
Mateo escuchó esa frase y sintió, por primera vez, que su destino estaba siendo escrito por un narrador callejero. No era el condonismo lo que lo perseguía; era la interpretación. - ¡Eso no es cierto! - protestó, pero ya era tarde: la multitud no escucha cuando se siente partícipe.
La señora de trenzas, por fin, le extendió el condón como quien entrega un documento oficial. - Tome, practicante. Pero la próxima vez avise antes de que su mandato salga volando. ¡Uno no puede andar comprando tacos con suspense!
Mateo lo agarró con cuidado, como si el condón fuera una reliquia que podía condenarlo o salvarlo. Lo miró: estaba doblado, con una mancha mínima de grasa que no pedía perdón. Lo guardó rápido en su bolsillo interior, apretándolo contra la tela de su camisa, y respiró al fin. La gente se fue deshaciendo en grupos, pero no sin dejar migas de rumor: “el del mandato”, “el evangelista”, “el que practica y vende”, “el que pacta”.
Mateo salió de la esquina caminando más rápido, con el sonido de bocinas detrás como si la calle estuviera marcando su paso. En su cabeza, la consigna sonaba clara, por fin: estar protegido. Y sin embargo, su cuerpo llevaba la evidencia de que la protección también puede ser un espectáculo.
Cuando llegó a su lugar de trabajo, el aire dentro olía a detergente y a café recién hecho, un contraste tan limpio que casi parecía insulto. El encargado lo miró de arriba abajo, luego miró hacia el bolsillo interior donde Mateo todavía sentía el condón como una sentencia. - ¿Y tú qué hiciste? - preguntó, con una sonrisa que traía más chisme que café.
Mateo quiso responder con autoridad religiosa, pero lo único que le salió fue un suspiro. - Nada… un accidente.
El encargado se rió, repitiendo como si fuera salmo lo que la calle ya había decretado: - “Accidente”… ajá. Todos dicen que hoy el mandato se te salió como chiste.
Mateo tragó saliva. Quiso explicar que no vendía, que practicaba, que era condonismo y siempre estar protegido. Pero antes de articular la defensa, escuchó detrás de la puerta a dos compañeros hablando a media voz, con ese tono de “lo vi” que no necesita pruebas. - Dicen que el rumor es que Salcedo tiene pacto. Que si se le cae, alguien lo mira y se cree vendedor.
Mateo se quedó quieto, sintiendo el calor de la vergüenza subirle a la cara. Recuperó el condón. Sí. Cumplió con la protección. También. Pero ahora estaba marcado por la multitud, confundido con vendedor ambulante, y con un lema condonista convertido en mercancía verbal por toda la esquina bulliciosa.
Y como si el mundo quisiera cobrar intereses, justo cuando Mateo se acomodaba para seguir su día, sonó otra bocina afuera. Alguien gritó su nombre con entusiasmo de pregonero, y la voz traía la misma risa de antes, la misma certeza del rumor: - ¡Salcedo, el del mandato! ¡Que no se te vaya a caer otra vez, que luego ya no alcanza para el chisme del mediodía!
End of chapter one. 4 more chapters and about 12,458 words in the full book.
Swipe or use the arrows to turn the page
What's inside: 5 chapters
- 1. El Mandato del Condón en la Calle
- 2. La Tentación del Talla-Perfecta
- 3. El Censo del Oráculo del Espejo
- 4. La Procesión del Condón en el Parque
- 5. El Juicio Final del Siempre Protegido
About this book
"Condónismo" is a comedy book by Anonymous with 5 chapters and approximately 12,458 words. Satirical parody religion promoting condom use.
This book was created using Inkfluence AI, an AI-powered book generation platform that helps authors write, design, and publish complete books. It was made with the AI Novel Writer.
Frequently Asked Questions
What is "Condónismo" about?
Satirical parody religion promoting condom use
How many chapters are in "Condónismo"?
The book contains 5 chapters and approximately 12,458 words. Topics covered include El Mandato del Condón en la Calle, La Tentación del Talla-Perfecta, El Censo del Oráculo del Espejo, La Procesión del Condón en el Parque, and more.
Who wrote "Condónismo"?
This book was written by Anonymous and created using Inkfluence AI, an AI book generation platform that helps authors write, design, and publish books.
How can I create a similar general book?
You can create your own general book using Inkfluence AI. Describe your idea, choose your style, and the AI writes the full book for you. It's free to start.
Write your own comedy book with AI
Describe your idea and Inkfluence writes the whole thing. Free to start.
Start writingCreated with Inkfluence AI