El Reloj Del Vigilante
Fiction

El Reloj Del Vigilante

by LEXI ROSE · 2026-10-08

Un policía mexicano descubre el reloj que permite actuar a un vigilante contra el crimen organizado

5 chapters 11,277 words ~45 min read Spanish 48 reads

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Chapter 1

El reloj bajo la lluvia

La lluvia había borrado la mitad del número de la calle, pero no el cuerpo tendido junto al puesto de periódicos. Carlos lo vio desde la patrulla, bajo el resplandor azul de las torretas, mientras una lona municipal se inflaba y desinflaba sobre el cadáver como un pulmón enfermo. - No te bajes - dijo el comandante por la radio -. Ya está controlado.

En la esquina, dos reporteros se protegían con paraguas negros y grababan a los policías que fingían controlar algo. Detrás de ellos, las ventanas permanecían cerradas, salvo una en el tercer piso, donde una cortina se movía apenas. El barrio entero parecía observar sin querer ser visto.

Carlos apagó la radio.

No quería controlar la calle. Quería revisar el cuerpo antes de que alguien lo limpiara, lo acomodara o lo desapareciera. En los últimos meses, cada criminal muerto había dejado menos pistas que el anterior. Ninguna bala. Ningún testigo dispuesto a hablar. Ninguna cámara útil. Sólo nombres conocidos, expedientes incompletos y jefes que repetían ante los medios la palabra “investigación” como si fuera una estrategia.

Abrió la puerta de la patrulla. - Carlos - insistió la radio -. Quédate atrás. - Voy a verificar la escena. - La escena ya está verificada.

Carlos miró el cordón amarillo. Estaba sujeto a un poste con cinta transparente y dejaba un hueco suficiente para que pasara un niño. Del otro lado, un agente sostenía una sombrilla sobre el jefe de sector, que hablaba con una reportera mientras tres policías movían una motocicleta estacionada junto al cuerpo. - Entonces no les va a molestar que confirme - dijo Carlos.

Cruzó antes de que alguien pudiera detenerlo.

La calle olía a drenaje abierto, gasolina y tierra mojada. Sus botas resbalaron sobre una capa de lodo mezclada con ceniza. El muerto era un hombre de unos cuarenta años, con camisa de marca, botas nuevas y una cadena gruesa pegada al cuello. Carlos lo reconoció por las fotografías del archivo: cobrador de piso, enlace de una célula que controlaba la distribución en cuatro colonias. No era un pez pequeño, aunque la policía lo trataba como una molestia administrativa.

Tenía los ojos abiertos.

Carlos se agachó junto a él. - No toques nada - gritó alguien.

Era el comandante, que ya había terminado su entrevista y avanzaba con cuidado para no mojarse los zapatos. - No estoy tocando nada. - La prensa está ahí. - Precisamente por eso.

El comandante miró hacia los reporteros y bajó la voz. - Necesito que esto parezca ordenado. - Está muerto en medio de la calle. - Y tú necesitas parecer útil, no listo.

Carlos volvió la atención al cadáver. Había una marca oscura detrás de la oreja izquierda, pequeña, casi limpia. No parecía herida de bala. Tampoco había sangre suficiente para explicar la muerte. En el suelo, a menos de un metro del hombre, brillaba un fragmento de vidrio. - ¿Quién movió la motocicleta?

Nadie respondió.

Un policía joven levantó la mano. - Estaba tapando el cuerpo. - Estaba tapando la mancha. - La mancha ya estaba ahí.

Carlos miró el pavimento. La lluvia arrastraba una línea rojiza hacia la coladera. El agua también se llevaba huellas de neumáticos, polvo y cualquier cosa que hubiera caído durante el ataque. - ¿Vieron algo? - preguntó, sin mirar a los uniformados.

Las ventanas se cerraron una tras otra.

Una mujer salió de un zaguán con una bolsa de basura. En cuanto vio el cordón, se detuvo. El comandante le hizo una seña para que siguiera caminando. Carlos alcanzó a notar que la mujer tenía un niño detrás, escondido bajo una sudadera demasiado grande. - Señora - dijo Carlos -, sólo necesito saber si escuchó algo.

La mujer apretó la bolsa contra el pecho. - No vi nada. - No le pregunté si vio. - Tampoco escuché.

El niño tiró de su ropa. - Mamá.

La mujer lo jaló hacia el zaguán. Antes de desaparecer, miró a Carlos con un miedo que no estaba dirigido a la policía.

Desde la azotea de una casa, un motor arrancó. Carlos levantó la vista. Una camioneta gris retrocedió entre tinacos y antenas, apenas visible por encima de las fachadas. El vehículo se alejó sin placas delanteras. - ¿Quién dejó entrar esa camioneta? - preguntó.

El comandante señaló a un agente. - Anota la placa. - No tiene. - Entonces anota que no tiene.

Carlos soltó una risa breve, sin humor. - ¿También vamos a declarar que la lluvia fue sospechosa?

El comandante se acercó hasta quedar frente a él. - Vas a revisar rápido y te vas. Hay gente del barrio mirando. No quiero otra escena. - ¿Otra escena? - Ya sabes a qué me refiero.

Carlos sí sabía. Dos semanas antes, un agente había detenido a un muchacho para preguntarle por el vigilante. Al día siguiente, el muchacho apareció golpeado en una estación abandonada. El informe decía que se había resistido a una revisión. Nadie había preguntado por qué las cámaras de la estación dejaron de funcionar durante cuarenta minutos.

Carlos no creía en fantasmas ni en justicieros perfectos. Creía en expedientes que desaparecían, en órdenes que cambiaban según el apellido y en criminales que sobrevivían a todo porque alguien arriba cobraba por mantenerlos vivos. Por eso no le disgustaba que el desconocido estuviera eliminando a hombres que la policía nunca lograba tocar. Lo que le disgustaba era no saber cómo lo hacía.

Se puso los guantes. - Cinco minutos. - Tres.

Carlos se inclinó sobre el cadáver. Revisó los bolsillos sin sacar nada: una cartera vacía, un encendedor plateado, dos llaves, un teléfono apagado. En la manga derecha encontró fibras metálicas, como polvo de aluminio. La marca detrás de la oreja tenía un borde ligeramente azulado. - ¿Ya llegó el forense? - Viene en camino. - ¿De dónde? - De donde vienen todos. - Eso no responde. - Carlos.

El comandante pronunció su nombre como una advertencia. Al otro lado del cordón, los reporteros enfocaron sus cámaras. Uno de ellos gritó: - ¿Es otra víctima del vigilante?

El comandante enderezó los hombros. - No hay evidencia de ningún vigilante. Se investigan todas las líneas.

Carlos miró el cuerpo. La respuesta sonaba idéntica a las anteriores, sólo que esta vez el muerto tenía una marca que no cabía en ningún protocolo. - ¿Por qué apagaron las cámaras de la calle? - preguntó.

El agente joven señaló una caja eléctrica empotrada en la pared. - Se fue la luz. - La tienda de enfrente tiene planta.

La cortina metálica de la tienda estaba abajo, pero una luz amarilla se filtraba por debajo. Carlos golpeó dos veces.

Nadie contestó.

Golpeó de nuevo. - Policía.

La luz se apagó.

El comandante lo sujetó del brazo. - Déjalo. - Hay alguien ahí. - Y no tienes orden para entrar. - Estamos en una escena de homicidio. - Estamos en una calle donde nadie quiere que encontremos nada.

Carlos lo miró. Por primera vez, el comandante parecía cansado en lugar de irritado. - Entonces hagamos como que no vimos la tienda.

El comandante soltó su brazo. - Tres minutos.

Carlos regresó junto al cadáver. El cuerpo había quedado parcialmente cubierto por la lona. El viento levantó una esquina y el agua salpicó la banqueta. El fragmento de vidrio ya no estaba donde lo había visto. - ¿Quién lo movió?

El policía joven palideció. - Yo no.

Carlos siguió la dirección de las gotas. El vidrio había rodado hasta una grieta junto a la coladera. Se agachó para recogerlo, pero algo metálico chocó contra su guante.

Apartó el lodo con dos dedos.

Era un reloj.

No parecía pertenecer al muerto. La correa de cuero estaba reseca y partida en un extremo; la caja, oscura, tenía arañazos profundos y una tapa abombada. No mostraba números, sino pequeñas marcas grabadas alrededor de la carátula. Las manecillas estaban detenidas en las cuatro con diecisiete minutos.

Carlos lo sostuvo bajo la lluvia. El cristal estaba intacto, aunque el mecanismo no hacía ningún sonido. - ¿Qué encontraste? - preguntó el comandante.

Carlos cerró la mano. - Basura. - Déjala. - Voy a entregarla con la evidencia.

El comandante extendió la palma. - Dámela.

Carlos miró el reloj y después al cuerpo. Si lo entregaba, podía desaparecer junto con las fibras, el fragmento de vidrio y las imágenes de las cámaras. El comandante ni siquiera había preguntado por la marca detrás de la oreja. - Primero la registro. - No tienes autorización. - Tampoco la tiene la mitad de lo que ya movieron.

El comandante dio un paso hacia él. Detrás del cordón, una puerta se cerró con violencia. En algún punto de la calle, un perro empezó a ladrar y no paró. - Carlos, no conviertas esto en un problema. - El problema ya estaba aquí cuando llegamos.

Una patrulla aceleró al final de la calle. El sonido del motor hizo que todos voltearan. Dos hombres bajaron de un automóvil oscuro, pero no llevaban uniforme. Uno señaló el cuerpo; el otro levantó un teléfono. Los policías del cordón se tensaron. - Nos vamos - ordenó el comandante. - Todavía no. - Ahora.

Carlos guardó el reloj en el bolsillo interior de su chamarra. Lo hizo sin pensarlo demasiado, como quien evita que una prueba se vaya por una coladera. Luego se agachó una última vez y fotografió la marca azul detrás de la oreja con su teléfono oficial.

El comandante lo vio. - Borra eso. - Es evidencia. - Es una orden.

Carlos se incorporó. - Entonces póngala por escrito.

Durante un segundo, la lluvia fue el único sonido entre ambos. Después, el comandante apartó la mirada. - Saca a todos. Ya vienen los medios.

Carlos cruzó el cordón. La mujer del zaguán seguía detrás de la puerta, observándolo por una rendija. Carlos hizo una seña discreta para que no saliera. Ella asintió apenas.

En la esquina, los dos hombres del automóvil oscuro ya no estaban. Sólo quedaba el vehículo, con el motor encendido y los vidrios empañados.

Carlos subió a la patrulla. Al cerrar la puerta, sintió una vibración leve contra el pecho.

El reloj seguía detenido.

A través del parabrisas, vio una cámara de seguridad montada sobre un poste. La lluvia había limpiado su lente. Una luz roja parpadeaba detrás del vidrio.

Carlos encendió el motor.

En la pantalla de la cámara, su figura quedó registrada mientras abandonaba la escena con la mano sobre el bolsillo interior de la chamarra. El reloj, oculto contra su pecho, marcó de pronto un solo tic.

Luego otro.

Y las manecillas comenzaron a moverse.

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What's inside: 5 chapters

  1. 1. El reloj bajo la lluvia
  2. 2. La coartada de la conciencia
  3. 3. El minuto que falta
  4. 4. La ciudad se queda quieta
  5. 5. Una justicia sin uniforme

About this book

"El Reloj Del Vigilante" is a fiction book by LEXI ROSE with 5 chapters and approximately 11,277 words. Un policía mexicano descubre el reloj que permite actuar a un vigilante contra el crimen organizado.

This book was created using Inkfluence AI, an AI-powered book generation platform that helps authors write, design, and publish complete books. It was made with the AI Novel Writer.

Frequently Asked Questions

What is "El Reloj Del Vigilante" about?

Un policía mexicano descubre el reloj que permite actuar a un vigilante contra el crimen organizado

How many chapters are in "El Reloj Del Vigilante"?

The book contains 5 chapters and approximately 11,277 words. Topics covered include El reloj bajo la lluvia, La coartada de la conciencia, El minuto que falta, La ciudad se queda quieta, and more.

Who wrote "El Reloj Del Vigilante"?

This book was written by LEXI ROSE and created using Inkfluence AI, an AI book generation platform that helps authors write, design, and publish books.

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