El mito del cambio de partido
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El mito del cambio de partido

by Jessie McLaughlin · 2026-10-29

La historia y las pruebas que respaldan las afirmaciones sobre el realineamiento de los partidos políticos estadounidenses

🔀 Remixed from The Party Switch Myth

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Chapter 1

¿Realmente cambiaron de bando las partes?

La pregunta detrás del eslogan

¿Qué significaría que dos partidos políticos «intercambiaran» sus lugares? La respuesta parece sencilla hasta que preguntamos qué tendría que cambiar: sus votantes, sus líderes, sus políticas, sus regiones o todo a la vez. La historia estadounidense ofrece pruebas de grandes realineamientos, pero no de un intercambio limpio en el que los demócratas se convirtieran en republicanos y los republicanos en demócratas.

El relato más conocido suele apuntar al siglo XX. Según esa versión, los demócratas dominaron antaño el Sur, mientras que los republicanos eran el partido de las empresas y del gobierno conservador. Luego llegó la era de los derechos civiles, los votantes blancos del Sur pasaron a las filas republicanas y los partidos intercambiaron sus identidades. El esquema resulta memorable porque comprime una historia larga y desigual en un único giro dramático.

El registro histórico es menos ordenado. Las coaliciones partidistas cambiaron a ritmos distintos, en torno a temas distintos y en lugares distintos. Algunos votantes cambiaron por motivos raciales; otros, por motivos religiosos, económicos, de seguridad nacional o de desconfianza hacia el gobierno. Muchos políticos cambiaron de postura sin cambiar de partido, mientras que muchos votantes cambiaron de partido sin abandonar todas sus creencias anteriores.

Si los partidos intercambiaron sus lugares, ¿qué parte de ellos cambió primero y qué permaneció igual?

El intercambio limpio que la historia no muestra

La Prueba de continuidad y cambio parte de una pregunta básica: cuando se afirma que los partidos intercambiaron sus lugares, ¿se está describiendo un cambio en las etiquetas partidistas, en los votantes, en las políticas o en la geografía de los partidos? Estos aspectos están relacionados, pero no son intercambiables. Un partido puede ganar una nueva región sin adoptar de inmediato todas las creencias asociadas con ella. Un votante puede apoyar a un nuevo partido en una elección sin convertirse en miembro permanente de una nueva coalición ideológica.

Los partidos Demócrata y Republicano nunca fueron recipientes inmutables. Ambos eran alianzas amplias cuyo contenido fue cambiando con el tiempo. Los republicanos fundados en la década de 1850 se organizaron en torno a la oposición a la expansión de la esclavitud, pero su coalición posterior incluyó intereses empresariales, reformistas, votantes negros y muchos protestantes del Norte. Los demócratas del siglo XIX incluían inmigrantes urbanos, blancos del Sur, agricultores del Oeste y maquinarias políticas. Sus desacuerdos internos no eran detalles menores: formaban parte del funcionamiento de cada partido.

Esa historia hace que la expresión «intercambio de partidos» resulte engañosa desde el principio. Sugiere que dos objetos cambiaron de lugar sin dejar de ser internamente iguales. Los partidos estadounidenses se parecían más a grandes ciudades cuya población, industrias y límites cambiaban poco a poco. Los letreros de las calles seguían siendo familiares, aunque la gente que ocupaba muchos de los edificios hubiera cambiado.

La transformación más importante tuvo que ver con la raza y la región. Tras la Guerra Civil, el Partido Republicano quedó estrechamente asociado con la emancipación, la Reconstrucción y la protección federal de la ciudadanía negra. En los antiguos estados confederados, los demócratas se convirtieron en el vehículo de la resistencia blanca a la Reconstrucción y, más tarde, del orden político de las leyes de Jim Crow. Durante generaciones, el Sur fue abrumadoramente demócrata en las elecciones nacionales, aunque los demócratas sureños solían ser más conservadores en materia racial que muchos demócratas del Norte.

Esa contradicción se volvió cada vez más difícil de contener durante la era del New Deal. La administración de Franklin Roosevelt amplió el gobierno federal y atrajo a muchos votantes negros de las ciudades del Norte, aunque el propio Roosevelt y su partido siguieron dependiendo de los demócratas sureños. La coalición demócrata podía apoyar las protecciones laborales y el bienestar social mientras preservaba la segregación en gran parte del Sur. No era una maquinaria ideológica coherente. Era una alianza poderosa, pero sometida a tensiones.

La era de los derechos civiles dejó al descubierto esas tensiones. Los presidentes y líderes demócratas del Congreso apoyaron cada vez más la intervención federal contra la segregación. La Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley del Derecho al Voto de 1965 marcaron un cambio decisivo en la relación del Partido Demócrata nacional con los derechos civiles. Sin embargo, las consecuencias políticas no se produjeron de golpe. Los blancos sureños no abandonaron todos a la vez el Partido Demócrata, y el Partido Republicano no se volvió de inmediato uniformemente conservador en todos los temas.

Un dato breve resume el problema: Richard Nixon ganó la presidencia en 1968, pero el demócrata George Wallace se impuso en cinco estados sureños como candidato del Partido Independiente Estadounidense. La elección mostró que el descontento racial y regional podía canalizarse por más de una vía política. Todavía no se había completado la conquista republicana del Sur.

Cómo cambian las coaliciones sin intercambiar sus lugares

El cambio partidista se aprecia mejor al examinar varias elecciones, en vez de atribuirlo a un solo año célebre. El Sur se inclinó hacia el Partido Republicano a lo largo de décadas. Los candidatos republicanos a la presidencia ganaron terreno entre los votantes blancos sureños antes de que los candidatos republicanos llegaran a controlar de manera constante las legislaturas estatales y los escaños del Congreso del Sur. Las lealtades locales, la ventaja de los titulares y la fuerza de los candidatos demócratas individuales ralentizaron el proceso.

El mismo patrón gradual se dio entre los votantes negros, pero en sentido contrario. Antes del New Deal, los estadounidenses negros se habían asociado en gran medida con el Partido Republicano, el partido de Abraham Lincoln y la emancipación. En la década de 1930, muchos votantes negros se acercaron a los demócratas, sobre todo en las ciudades del Norte. Ese cambio no significó que todos los votantes negros se hicieran demócratas de inmediato ni que el Partido Demócrata se convirtiera al instante en un defensor pleno de los derechos civiles. Significó que la coalición del partido se estaba reconstruyendo mientras su estructura anterior seguía en pie.

Los politólogos suelen describir estos procesos como realineamiento, pero la palabra puede crear una falsa impresión de orden. Un realineamiento no es necesariamente un intercambio único de identidades. Puede ser un proceso largo en el que un tema adquiere mayor importancia, las lealtades antiguas se debilitan y nuevos grupos se vinculan a un partido. Durante ese proceso, la plataforma, los cargos electos, los votantes y las bases regionales del partido pueden apuntar en direcciones distintas.

Pensemos en la diferencia entre la política presidencial y la congresional. Un votante sureño podía apoyar a un candidato republicano a la presidencia y seguir votando por un sheriff o representante demócrata de su localidad. Las campañas nacionales podían centrar las elecciones en los derechos civiles, el comunismo o los conflictos culturales, mientras que los candidatos locales se apoyaban en su reputación personal y en relaciones de larga data. La papeleta no pedía a los votantes que eligieran una ideología completa. Ofrecía contiendas separadas, cada una con su propia historia.

Por eso, el ascenso del Partido Republicano en el Sur implicó algo más que una conversión repentina al conservadurismo. Requirió organización, reclutamiento de candidatos, nuevas redes de donantes, cambios en los medios de comunicación y el debilitamiento del antiguo aparato demócrata. El declive del Partido Demócrata en la región fue igual de gradual. Los hábitos institucionales pueden perdurar después de que cambie la imagen nacional de un partido; también pueden desaparecer antes de que los votantes revisen por completo sus identidades políticas.

Una comparación útil es geológica, no mecánica. Un terremoto sugiere una ruptura única. Las coaliciones políticas suelen parecerse más a una costa: remodelada por mareas, tormentas y sedimentos sucesivos, sin que una sola ola sea responsable de su contorno final.

El papel inesperado de la identidad de los votantes

El hallazgo contraintuitivo es que los partidos podían diferenciarse más ideológicamente sin llegar nunca a completar un intercambio total. La distancia entre ellos aumentó a medida que los demócratas conservadores se marchaban, los republicanos liberales disminuían y los votantes se agrupaban cada vez más según sus posturas sobre distintos temas. Sin embargo, el proceso fue selectivo: la gente cambiaba en algunos aspectos y conservaba sus antiguos vínculos en otros.

Esto importa porque cambia lo que cuenta como prueba. Si nos fijamos solo en las plataformas, los partidos parecen haber cambiado drásticamente. Si observamos únicamente el voto regional, el acercamiento del Sur a los republicanos parece decisivo. Si tenemos en cuenta a todos los votantes, cargos electos y temas a la vez, la imagen que surge es la de una transición por capas, no la de un intercambio. La pregunta central no es si hubo cambios, sino si «intercambio» describe el tipo de cambio que se produjo.

La identidad partidista también tiene una dimensión psicológica. Los votantes no suelen reconstruir su identidad política desde cero después de leer una plataforma. Heredan lealtades de la familia, la iglesia, el vecindario, la ocupación y la región. Esas lealtades pueden persistir incluso cuando los líderes nacionales de un partido se vuelven ajenos. Un demócrata sureño de la década de 1960 podía rechazar la postura del partido nacional sobre los derechos civiles y, aun así, considerar que la etiqueta demócrata formaba parte de la vida política local. Un republicano del Nordeste podía apoyar a un gobernador moderado mientras los republicanos nacionales avanzaban en otra dirección.

El proceso de agrupamiento se aceleró cuando los temas empezaron a vincularse entre sí. La raza, el poder federal, la religión, la delincuencia, el aborto, los impuestos y el cambio social aparecían cada vez más como partes de un mismo paquete partidista. Una vez que esos vínculos se consolidaron, las etiquetas partidistas se volvieron más indicativas de la ideología que antes. Visto desde el presente, ese desarrollo puede parecer un intercambio consumado, porque las coaliciones actuales están más ordenadas internamente que muchas de las anteriores.

Pero la claridad del presente puede distorsionar el pasado. Los patrones posteriores se proyectan hacia atrás y hacen que los partidos de épocas anteriores parezcan versiones de sus equivalentes modernos. No lo eran. El Partido Demócrata de Franklin Roosevelt, Lyndon Johnson y un senador sureño segregacionista compartía una misma etiqueta porque las coaliciones partidistas estadounidenses podían albergar profundos conflictos internos. El Partido Republicano de Lincoln, Theodore Roosevelt, Dwight Eisenhower y Barry Goldwater también cambió sustancialmente sin cambiar de nombre.

Misisipi, 1964 y los límites de un símbolo

Pocas imágenes políticas tienen tanto peso como el rechazo del Sur profundo a Lyndon Johnson en 1964. Johnson firmó la Ley de Derechos Civiles y el candidato republicano, Barry Goldwater, se opuso a ella por motivos constitucionales. Goldwater ganó cinco estados, todos en el Sur profundo, incluido Misisipi. El resultado suele tratarse como el momento en que los votantes blancos sureños pasaron de los demócratas a los republicanos.

Fue una señal importante, pero no un traspaso consumado. La campaña de Goldwater apeló al conservadurismo constitucional y a la oposición al poder federal, mientras que muchos votantes blancos sureños interpretaron la elección a través del conflicto inmediato en torno a los derechos civiles. Los estados que ganó representaron una ruptura dramática con las costumbres presidenciales de la región, pero el Partido Republicano aún carecía de la organización local y de la amplia presencia institucional necesarias para dominar la política sureña.

Misisipi permite ver la diferencia. El estado había sido un pilar del Sur demócrata, pero su orden político no se borró sin más en 1964. Los cargos demócratas, las redes locales y las instituciones raciales siguieron moldeando la vida pública. El futuro republicano ya se vislumbraba en la elección, pero todavía no había llegado del todo.

La escala humana de la transición se aprecia en la trayectoria de Strom Thurmond. Demócrata de Carolina del Sur y candidato presidencial segregacionista en 1948, Thurmond se pasó al Partido Republicano en 1964. Su cambio se convirtió en un poderoso símbolo del realineamiento sureño. Sin embargo, el cambio de etiqueta de un político no significaba que todos los votantes, cargos electos o instituciones del Sur cambiaran al mismo tiempo. La trayectoria de Thurmond conectó la antigua política segregacionista con el emergente Sur republicano, pero esa conexión fue tanto política y estratégica como ideológica.

Su cambio también revela por qué hay que tratar con cuidado los ejemplos individuales. Thurmond no llevaba toda una región en el bolsillo. Encarnó una de las vías de la transición: la de un destacado conservador sureño que reconoció que el Partido Demócrata nacional se alejaba del orden racial que él defendía. Otros votantes se sumaron más tarde y por distintas combinaciones de motivos. Algunos respondieron a los derechos civiles; otros, al poder federal; otros, a cuestiones culturales; otros, al atractivo de los candidatos republicanos; muchos, a todo ello en proporciones cambiantes.

El resultado no fue un intercambio limpio de identidades partidistas, sino una reconfiguración del significado político. La etiqueta republicana se volvió cada vez más compatible con el conservadurismo blanco sureño, mientras que la etiqueta demócrata quedó cada vez más ligada a los derechos civiles, los sindicatos, los electorados urbanos y un gobierno federal más activo. Ninguno de los dos partidos llegó a esa posición en una sola elección, y ninguno trasladó a la nueva era todos los rasgos de su antigua coalición.

El pasado se resiste a un mapa de dos colores

La historia del cambio de partido perdura porque no es del todo falsa. Señala una transformación real: el Sur pasó de ser la base regional más sólida del Partido Demócrata a convertirse en una de las regiones más fiables del Partido Republicano, mientras que los votantes negros se inclinaron decididamente por los demócratas y los partidos se ordenaron cada vez más según criterios ideológicos. Esos cambios reconfiguraron la política estadounidense.

Lo que la historia omite son los tiempos y los matices. No hubo una ceremonia nacional en la que los partidos intercambiaran plataformas, votantes e historias. Hubo elecciones disputadas, deserciones, relevos generacionales, apelaciones estratégicas y largos períodos en los que las lealtades antiguas y nuevas se superpusieron.

Los seres humanos prefieren mapas políticos de dos colores porque así es fácil ver los cambios. La historia suele dibujarse en capas: un color bajo otro, con huellas que traslucen y fronteras que avanzan de manera desigual. Las etiquetas partidistas permanecieron, pero las coaliciones que las integraban se reconstruyeron una y otra vez; y quizá la pregunta más reveladora no sea si los partidos cambiaron de bando, sino por qué deseamos tanto que el cambio político parezca un acontecimiento único.

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La historia y las pruebas que respaldan las afirmaciones sobre el realineamiento de los partidos políticos estadounidenses

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The book contains 25 chapters and approximately 54,712 words. Topics covered include ¿Realmente cambiaron de bando las partes?, El mapa de 1964 que induce a error, Lo que realmente significa «Switch», Los difíciles comienzos de las Partes, and more.

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