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Chapter 1
El desplome en el callejón
Damian salió del palacio cuando la última campana dejó de vibrar en las torres.
Llevaba una camisa áspera, pantalones oscuros y una capa sin bordados que le cubría el cabello negro. Ningún guardia habría reconocido al príncipe bajo aquella ropa de plebeyo. Eso era precisamente lo que necesitaba: una noche sin médicos siguiéndole el pulso, sin sirvientes observando cada escalón, sin la voz de Adelia Park pidiéndole que regresara a su habitación y la de Lucian Wester ordenándole que no volviera a arriesgarse.
Solo quería respirar lejos de ellos.
Apretó el paso por las calles húmedas de Astria. El olor a cerveza derramada y carbón encendido escapaba de las tabernas. Cerca del límite con Wisteria, los edificios se estrechaban hasta dejar apenas una franja de cielo entre los tejados. Damian conocía aquel barrio; había aprendido sus salidas durante otras noches, cuando aún podía fingir que su cuerpo le pertenecía.
Esta vez, el aire empezó a faltarle antes de llegar al final del callejón.
Se detuvo junto a una pared de ladrillo. Inspiró, pero el pecho no se abrió del todo. El corazón le golpeó con una rapidez irregular, como si cada latido quisiera adelantarse al siguiente. - No ahora - murmuró.
Se quitó la capa del cuello. El tejido le raspaba la piel. Intentó caminar, aunque fuera hasta la calle principal, pero sus piernas se volvieron pesadas. Las voces de la taberna cercana se deformaron detrás de él; risas, vasos chocando, una canción desafinada. Todo pareció alejarse.
Damian apoyó una mano en la pared.
No quería que lo encontraran así.
No quería que nadie supiera que el heredero de Astria podía caer como cualquier hombre enfermo en un callejón sucio. Menos aún que sus padres descubrieran que había vuelto a escapar de la vigilancia.
Dio un paso.
El suelo se inclinó.
Antes de caer, alcanzó a pensar en su habitación, en las ventanas cerradas y en la mirada preocupada de Adelia. Después, la oscuridad le subió desde los pies.
Una voz atravesó el ruido. - ¡Eh! ¡Oye!
Damian no logró responder. Sus rodillas cedieron, pero no llegó a golpearse contra las piedras. Unos brazos delgados lo sujetaron por debajo de los hombros. La fuerza de aquella desconocida lo sorprendió; no era suficiente para sostenerlo con facilidad, pero ella se aferró a él con una determinación silenciosa.
Su perfume olía a hojas húmedas y a humo de leña. - No te duermas - dijo ella, respirando con esfuerzo -. Mírame.
Damian abrió los ojos.
Una joven con capucha estaba inclinada sobre él. La luz amarillenta que escapaba de una ventana le rozaba el rostro: ojos verdes, labios finos, piel pálida por el frío. Llevaba guantes negros, demasiado limpios para aquel callejón. - Suéltame - consiguió decir. - Si te suelto, te golpeas la cabeza. - No es asunto tuyo. - Entonces procura no morir delante de mí.
La respuesta no tenía dulzura, pero sí una firmeza que lo irritó. Damian intentó apartarse. El movimiento le arrancó un dolor agudo del pecho y volvió a perder el equilibrio. Ella lo sostuvo contra sí, una mano en su espalda y la otra en su nuca.
El cuerpo de Damian era mucho más grande que el suyo. Medía casi un metro noventa, y aun así, en aquel momento, dependía de una extraña que apenas le llegaba al hombro. - Respira despacio - ordenó ella. - Sé respirar. - No parece.
La vergüenza le quemó más que el frío. Damian clavó la mirada en el borde de su capucha. - No sabes quién soy. - Tampoco tú sabes quién soy. Estamos empatados.
Él quiso reírse, pero el aire se le quebró en la garganta. La joven lo notó. Sus dedos se tensaron bajo la tela de la camisa. - ¿Tienes alguna herida? - No. - ¿Te envenenaron? - No. - ¿Entonces por qué tu pulso está intentando escapar de tu cuerpo?
Damian la miró con brusquedad.
Ella había apoyado dos dedos en su muñeca. El contacto era ligero, cuidadoso, pero demasiado preciso. Nadie podía saber con tanta facilidad lo que ocurría dentro de él. - Aparta la mano.
La joven obedeció de inmediato, aunque no lo soltó.
Aquello lo desconcertó más que la pregunta. La mayoría de las personas insistían, gritaban o corrían a buscar ayuda. Ella simplemente lo observaba como si estuviera esperando que él decidiera si merecía ser salvado. - Necesito llevarte a un lugar abierto - dijo -. Aquí no puedes respirar. - Puedo caminar. - Entonces hazlo.
Damian apoyó la palma contra la pared y trató de incorporarse. Sus músculos respondieron con lentitud. Al segundo paso, la vista se le llenó de manchas.
La joven volvió a sujetarlo. - Tu orgullo pesa más que tú - murmuró. - Y tú hablas demasiado. - Solo cuando alguien se empeña en morir.
El callejón parecía cerrarse a su alrededor. A un lado había barriles apilados; al otro, una puerta de madera hinchada por la humedad. Más adelante, una reja bloqueaba la salida hacia la calle fronteriza. Damian había entrado buscando un atajo y ahora el lugar se había convertido en una trampa.
Un caballo relinchó en algún punto cercano. El sonido le atravesó el pecho. Su respiración se volvió corta, inútil. Se llevó una mano al centro del cuerpo.
La joven dejó de discutir. - Mírame. - No… - Damian.
Él se quedó inmóvil.
No le había dicho su nombre.
La joven también pareció darse cuenta. Sus ojos verdes se estrecharon bajo la capucha. - Eso no es lo que quería decir. - ¿Cómo me llamaste? - No te llamé así. - Lo hiciste. - Estás confundido.
Damian intentó apartarse, pero el esfuerzo hizo que su corazón se desordenara todavía más. Una punzada le dobló el cuerpo. La joven lo sostuvo con ambas manos, y su guante rozó la piel desnuda de su cuello.
Entonces ocurrió.
El calor llegó desde sus dedos.
No fue un calor común. No quemaba ni se extendía como una fiebre. Era una corriente suave, profunda, que atravesó la tensión de sus músculos y descendió hasta el pecho. El latido desbocado comenzó a ceder. Uno, dos, tres golpes más lentos. El aire entró por fin, frío y completo.
Damian abrió los ojos.
La joven había palidecido. - ¿Qué hiciste?
Ella retiró las manos como si se hubiera quemado.
El alivio desapareció a medias. La presión del pecho continuaba, pero ya no estaba a punto de perder el sentido. Él podía respirar. Podía pensar. Podía notar el cuerpo de ella aún pegado al suyo, la curva de su hombro bajo la capa, el temblor casi imperceptible que recorría sus dedos. - Nada - respondió. - No mientas. - No te conozco. - Pero me tocaste y mi corazón cambió.
La joven miró hacia la entrada del callejón. Dos hombres pasaron al otro lado de la reja, hablando sobre una partida de cartas. Ella esperó hasta que sus pasos se apagaron. - Baja la voz. - ¿Por qué? - Porque en Astria las personas hacen preguntas antes de ofrecer ayuda. - Tú no pareces de Astria.
El silencio que siguió fue demasiado exacto.
Ella apartó la mirada. - No. - ¿De Wisteria?
No respondió, y eso fue suficiente.
Damian la observó con mayor atención. La capucha, los guantes, la forma de ocultar cada parte de sí misma. No era una viajera perdida. Había cruzado la frontera por alguna razón y sabía que debía esconderse. - ¿Cómo te llamas? - No importa. - Para mí sí. - Eso es problema tuyo.
La irritación le devolvió un poco de fuerza. Damian rodeó su muñeca antes de que ella pudiera levantarse. El gesto fue rápido, posesivo, nacido del miedo más que de la autoridad. Ella bajó la vista hacia sus dedos. - Suéltame - dijo.
No levantó la voz, pero algo en ella se volvió afilado.
Damian sintió el límite y aflojó la mano. No la soltó todavía. - Si vas a dejarme aquí, al menos dime quién eres. - ¿Y tú me dirás la verdad? - No te debo explicaciones. - Entonces yo tampoco.
Él apretó la mandíbula. La joven se arrodilló frente a él y revisó su rostro, sus labios, el ritmo de su respiración. No parecía asustada por su tamaño ni por su tono. Solo estaba cansada. - Te llevaré hasta una salida - dijo -. Después cada uno seguirá su camino. - No. - ¿No? - No te irás.
Los ojos verdes regresaron a él. - ¿Pretendes detenerme?
Damian no encontró una respuesta que no revelara cuánto necesitaba que ella permaneciera cerca. El alivio seguía allí, tenue, como una vela protegida entre sus costillas. No confiaba en ella, pero su cuerpo sí había respondido a su contacto. Esa contradicción lo llenaba de una inquietud más peligrosa que la falta de aire. - Podrías haberme dejado caer - dijo. - Sí. - Pero no lo hiciste. - No acostumbro abandonar a los heridos. - No estoy herido. - Entonces eres un hombre muy pálido que se desploma por diversión.
Él casi sonrió. Casi.
Ella se incorporó y le tendió la mano. Damian la miró. El guante negro ocultaba sus dedos, pero podía recordar el calor que había atravesado su pecho. - ¿Qué quieres de mí? - preguntó. - Que sobrevivas la noche sin convertirte en un cadáver que alguien encuentre al amanecer. - ¿Y después? - Después no vuelvas a buscarme.
La frase le dejó una molestia inesperada, íntima. Damian tomó su mano y se puso de pie. Las piernas le temblaron. Ella se acercó para sostenerlo, y su cuerpo quedó atrapado entre la pared y el suyo. La capucha se deslizó un poco, dejando ver más de su rostro.
Estaban demasiado cerca.
Damian percibió el olor de la lluvia en su cabello. Ella alzó la barbilla, desafiante, aunque su respiración se había vuelto más rápida. - No vuelvas a tocarme así sin permiso - susurró. - Tú me tocaste primero. - Para salvarte. - Entonces hazlo otra vez.
La expresión de Aria cambió. Por un instante, el cansancio cedió ante algo parecido al miedo. - No sabes lo que estás pidiendo. - Sé que funcionó. - Y si alguien nos ve, no solo te preguntarán por tu corazón.
Damian siguió la dirección de su mirada. Más allá del callejón, las luces de Astria temblaban sobre los charcos. Al otro lado de la frontera comenzaba Wisteria, un reino donde las historias sobre brujas y hadas todavía podían terminar en fuego o en manos de hombres que experimentaban con aquello que no entendían.
Ella bajó la voz. - Mi nombre es Aria Dasley. No lo repitas.
Damian observó su rostro, intentando decidir si aquel nombre era una verdad o una trampa. - Aria - dijo. - Te dije que no lo repitieras. - Necesito saber a quién estoy entregando mi vida. - No me estás entregando nada.
El corazón de Damian dio un golpe irregular. Aria lo sintió, porque sus ojos descendieron hacia el pecho de él. La mentira se deshizo entre ambos. - ¿Qué eres? - preguntó.
Aria retrocedió.
Damian volvió a sujetarla, esta vez con menos fuerza, pero sin permitir que desapareciera en la oscuridad. Ella miró su mano sobre la manga negra y luego su rostro. - Suéltame. - No hasta que me respondas. - No tienes derecho. - Tampoco tú tenías derecho a salvarme y marcharte como si nada. - Te salvé porque mi madre murió por culpa de personas que pensaban así.
La confesión cayó entre las piedras.
Aria tragó saliva. El verde de sus ojos se oscureció. - Descubrieron lo que podía hacer. Luz Dasley no volvió a casa. Mi padre, Ricardo, me enseñó a ocultarme después de eso. Él murió años más tarde, de forma natural, pero nunca dejó de recordarme que un don puede convertirse en una sentencia.
Damian aflojó los dedos. - ¿Tu don?
Aria apartó la muñeca. - No vuelvas a decir esa palabra. - Me curaste. - Estabilicé lo que estaba fallando. No es lo mismo. - Para mí sí.
Ella retrocedió otro paso. La distancia recién creada le pareció insoportable. - Si te quedas conmigo, te pondrás en peligro. - Ya estoy en peligro. - No por mí. - Desde que te conocí, puedo respirar.
Aria cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había decisión en ellos, pero no tranquilidad. - Ven. Hay un cobertizo abandonado cerca del bosque. Podrás descansar hasta que amanezca. - ¿En Wisteria? - Sí. - ¿Y tú? - Yo también iré.
Damian la miró fijamente. Había salido del palacio para ocultarse de todos y ahora una desconocida de Wisteria le ofrecía refugio, mientras escondía en sus manos algo capaz de hacer lo que ningún médico de Astria había conseguido. - Si intentas dejarme atrás - dijo él -, te encontraré.
Aria sostuvo su mirada. - Eso suena a amenaza. - Es una promesa. - Las promesas de los hombres que no dicen su nombre suelen valer poco.
Damian no pudo revelar quién era. Todavía no. Pero cuando Aria se volvió hacia la salida y le ofreció nuevamente el brazo, él lo tomó.
No porque confiara en ella.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, su corazón había encontrado un ritmo que no parecía una condena.
Y Aria Dasley era la única persona que podía quitárselo.
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What's inside: 5 chapters
- 1. El desplome en el callejón
- 2. La curación que no debe verse
- 3. La verdad del Don en el bosque
- 4. La persecución antes del juramento
- 5. Un amor que elige el Norte
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"El Don De Aria" is a romance book by Anonymous with 5 chapters and approximately 12,494 words. Romance entre un príncipe con condición cardíaca y una sanadora con don..
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Frequently Asked Questions
What is "El Don De Aria" about?
Romance entre un príncipe con condición cardíaca y una sanadora con don.
How many chapters are in "El Don De Aria"?
The book contains 5 chapters and approximately 12,494 words. Topics covered include El desplome en el callejón, La curación que no debe verse, La verdad del Don en el bosque, La persecución antes del juramento, and more.
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