El Camino De Josefina
Fiction

El Camino De Josefina

by Ana gonzalez fernandes · 2026-10-22

Una adolescente chilena huye de casa y busca dónde pertenece

5 chapters 10,495 words ~42 min read Spanish

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Chapter 1

el recuerdo de Pulli

La correa de Pulli seguía colgada junto a la puerta, con una hebilla torcida que golpeaba la pared cada vez que entraba viento desde el patio. Josefina la miró mientras recogía sus cuadernos del suelo.

—¡Apúrate, inútil! —gritó Pancho desde el pasillo.

Ana apretó los cuadernos contra el pecho. Tenía trece años y las rodillas raspadas por haber caído contra la mesa. En la cocina,Josefina permanecía sentada con la mirada fija en el plato vacío. Desde que Pulli había muerto, casi no hablaba. El perro salchicha, al que todos llamaban Madam y que paraJosefina era simplemente Pulli, había sido su compañía más fiel. Ahora su manta estaba doblada en un rincón, sin nadie que volviera a echarse encima.

—Déjala tranquila, Pancho —dijo Josefina, pero su voz apenas cruzó la habitación.

—Tú no mandas aquí.

Josefina sí mandaba, aunque ya no pareciera tener fuerzas. Era la mayor después de Joaquín, y durante años había organizado las tareas, cuidado a Pepe y decidido hasta cuándo podían usar la bicicleta. Pero la tristeza le había ido quitando autoridad, como si cada día despertara un poco más lejos de la casa.

Pancho apareció en la puerta. Tenía quince años, el pelo revuelto y una rabia que parecía no caberle en el cuerpo.

—Siempre estás estorbando —le dijo a Ana —. Ni siquiera sabes recoger tus cosas.

—Ya las estoy recogiendo.

—¿Me contestaste?

Ana bajó la mirada. Detrás de Pancho, Pepe observaba en silencio desde el corredor. Joaquín, el hermano de dieciocho años, no estaba. Sus padres tampoco. La casa parecía demasiado grande cuando faltaban voces, pero demasiado pequeña cuando Pancho comenzaba a gritar.

—No le hables así —murmuró Josefina.

Pancho dio un paso hacia Ana.

—¿Y qué vas a hacer?

Josefina retrocedió hasta tocar la pared. La correa de Plli volvió a golpearla con un sonido seco.

—Pancho, basta —dijo Josefina, esta vez más fuerte.

Él ni siquiera la miró. Le arrebató uno de los cuadernos y lo lanzó al suelo.

—Siempre llorando. Siempre escondiéndote detrás de Josefina.

Josefina se agachó para recogerlo. Antes de que pudiera levantarse, Pancho le dio un golpe en el hombro. No fue el primero. Eso era lo que más miedo le daba: que ya no pareciera una sorpresa para nadie.

El cuaderno se abrió sobre las baldosas. Una hoja quedó junto a la manta de Pulli. Ana vio dibujada la cara larga del perro, sus orejas caídas y los ojos atentos con que solía seguirla por la casa.

Por un instante escuchó el golpeteo de sus uñas en el piso, el resoplido que hacía cuando quería que le abrieran una puerta, el ruido de Ana riéndose mientras lo levantaba en brazos.

Después volvió el silencio.

—Sal de aquí —dijo Pancho.

Josefina se incorporó. Le dolía el hombro y le ardían los ojos.

—No tengo adónde ir.

—Entonces aprende a no molestar.

Josefina se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—¡Ya basta!

Pancho la miró, sorprendido apenas un segundo. Luego soltó una risa corta.

—Desde que murió Pulli te crees la víctima de todo.

Josefina palideció. Sus dedos se cerraron alrededor del borde de la mesa.

—No la nombres.

—¿Por qué? ¿Acaso va a volver?

Pepe dejó escapar un sollozo. Josefina sintió que la casa entera se inclinaba, como si las paredes pudieran empujarla hacia afuera. Miró la puerta de entrada. La chaqueta azul estaba colgada en el respaldo de una silla. En el bolsillo guardaba unas monedas, un lápiz y una fotografía pequeña de Pulli que había recortado de un álbum.

No pensó en pedir permiso. Tampoco pensó en despedirse.

Corrió hacia la silla.

—¿Adónde vas? —preguntó Josefina.

Ana tomó la chaqueta y abrió la puerta.

—A cualquier parte.

El aire frío de la tarde le golpeó la cara. Bajó los escalones sin cerrar bien la puerta y echó a correr por la vereda. Detrás de ella, Pancho gritó algo, pero las palabras se mezclaron con el ruido de los autos y el ladrido de un perro desconocido.

No se detuvo.

Al doblar la esquina, el pecho le ardía. Miró hacia atrás. La casa ya no se veía, solo los techos y los cables cruzados sobre la calle. Aun así, siguió caminando rápido, con los cuadernos apretados bajo el brazo y la fotografía de Pulli contra el pecho.

Su objetivo era sencillo: encontrar un lugar donde pasar la noche. No necesitaba una casa bonita ni una cama propia. Le bastaba con una puerta que pudiera cerrar y una persona que no levantara la mano contra ella.

En el bolsillo tenía pocas monedas. Las contó bajo la sombra de un árbol: una de quinientos pesos, dos de cien y una de cincuenta. Las volvió a guardar con cuidado.

—Con esto alcanza para algo —se dijo.

No sabía para qué.

La calle se llenaba de gente. Mujeres con bolsas, estudiantes con mochilas, hombres que caminaban deprisa sin mirar a nadie. Ana avanzó entre ellos tratando de parecer mayor. Cada vez que alguien la observaba, bajaba la cabeza. Temía que Pancho apareciera de pronto o que alguien llamara a su madre.

Llegó a una avenida ancha y se quedó en la esquina. Los buses pasaban levantando polvo y ruido. En los letreros aparecían nombres que no reconocía. Santiago se extendía delante de ella como un lugar demasiado grande para una niña sola.

Un bus frenó junto a la vereda. Las puertas se abrieron con un resoplido.

—¿Subes o no? —le gritó el chofer.

Ana subió.

—¿Adónde va? —preguntó, sujetándose de una barra.

—Dime tú dónde te bajas.

Ella miró las monedas en su mano.

—Hasta donde alcance.

El chofer la observó por el espejo. Su cara se endureció.

—Aquí no es gratis.

Ana entregó una moneda de quinientos. El hombre le dio un boleto y arrancó antes de que pudiera preguntar nada. Se sentó junto a la ventana. Afuera, Santiago corría en manchas de gris, verde y amarillo. Edificios, almacenes, plazas pequeñas y personas que parecían saber exactamente adónde iban.

Ana no sabía nada.

Después de un rato, el estómago le rugió. Había salido sin comer. En una esquina vio un puesto de sopaipillas y se bajó. El aceite chisporroteaba en una olla metálica. El olor le hizo doler aún más el hambre.

—¿Cuánto cuesta una? —preguntó.

—Doscientos cada una.

Josefina sacó las monedas. Podía comprar una y conservar las otras doscientas cincuenta para el transporte, aunque no tenía idea de adónde iría.

—Una, por favor.

La mujer del puesto envolvió la sopaipilla en una servilleta. Ana le dio un mordisco mientras se alejaba. Estaba caliente y crujiente. Cerró los ojos un segundo, agradecida. Luego guardó la mitad. Si comía todo de una vez, no tendría nada más tarde.

Caminó hasta que las piernas comenzaron a pesarle. Preguntó por una iglesia, por un albergue, por cualquier lugar donde pudieran dejarla dormir. Algunas personas no respondieron. Un hombre le dijo que siguiera derecho. Una señora le recomendó volver a su casa.

—Tu mamá debe estar preocupada —dijo.

Ana miró la servilleta con el resto de la sopaipilla.

—No puedo volver.

La señora abrió la boca, pero no insistió. Siguió caminando con sus bolsas, y Josefina quedó sola junto a un kiosco cerrado.

La tarde se volvió azul. El frío se metió por las mangas de su chaqueta. Se sentó en un banco de una plaza, rodeada de árboles que movían sus hojas con un murmullo constante. Sacó la fotografía de Pulli

En la imagen, Josefina lo sostenía contra su pecho. Pulli tenía una cinta roja en el cuello y la lengua afuera. Ana pasó el dedo por el borde de la foto.

—Perdón —susurró—. No sé qué hacer.

Un grupo de niños cruzó la plaza persiguiendo una pelota. Uno de ellos la miró.

—¿Estás perdida?

Ana guardó la fotografía.

—No.

—Mi mamá dice que no hay que hablar con desconocidos —dijo el niño, y corrió tras los demás.

Ella soltó una risa breve, sin alegría. Si pudiera elegir, tampoco hablaría con desconocidos. Pero la noche se acercaba y su cuerpo necesitaba un lugar donde descansar.

Se levantó y caminó hacia una estación. Había escuchado que en los lugares con mucha gente nadie hacía preguntas. Tal vez podría sentarse allí hasta la mañana. Tal vez alguien le daría comida. Tal vez encontraría un teléfono para llamar a Josefina sin tener que regresar.

Dentro de la estación, el ruido era distinto: ruedas sobre los rieles, voces por los altavoces, pasos apurados. Ana se quedó junto a una columna. El guardia la observó desde lejos.

—¿Esperas a alguien? —le preguntó al acercarse.

—A mi familia.

—¿Dónde están?

Ana apretó la fotografía en el bolsillo.

—Van a venir.

El guardia miró sus cuadernos, sus zapatillas sucias y la chaqueta demasiado delgada.

—No puedes quedarte aquí toda la noche.

—Solo necesito sentarme.

—Hay un albergue más adelante. Pregunta en la oficina municipal.

Ana asintió, aunque no sabía dónde quedaba. Salió de la estación antes de que él pudiera acompañarla. No quería que la devolvieran a su casa. No quería que Pancho supiera dónde estaba.

La ciudad había encendido sus luces. En las vitrinas brillaban panes, tortas y platos calientes que no podía comprar. Ana se detuvo frente a una panadería. El estómago le dolió tanto que tuvo que apoyarse en el vidrio.

Contó sus monedas otra vez. Doscientos cincuenta pesos.

Entró.

—¿Me puede vender algo con esto? —preguntó.

El hombre detrás del mostrador la miró de arriba abajo.

—No alcanza para nada.

—Aunque sea un pan pequeño.

—Niña, anda a pedir a otra parte.

Ana salió sin responder. El viento levantó un papel de diario que se pegó a su zapato. Lo apartó con la punta del pie y siguió caminando.

Al llegar a una calle más tranquila, encontró el portal de un edificio. Se sentó en el suelo, abrazando los cuadernos. La piedra estaba helada a través de la ropa. Intentó comer la mitad de la sopaipilla que había guardado, pero estaba dura y fría. La masticó lentamente, obligándose a tragar.

Por encima de los techos, el cielo de Santiago se veía opaco. Ana apoyó la cabeza contra la pared. En casa, Josefina quizá seguía sentada junto a la mesa. Pepe tal vez lloraba. Pancho quizá fingía que nada había ocurrido.

Ella había conseguido salir.

Pero la libertad no se parecía a lo que había imaginado. No tenía el ruido de una puerta cerrándose con alivio, sino el de buses que pasaban sin detenerse. No tenía una cama ni una lámpara encendida. Solo una fotografía arrugada, unas monedas inútiles y el hambre creciendo dentro de ella.

Se acomodó la chaqueta y miró la calle vacía.

—Mañana encontraré un lugar —murmuró.

La frase salió débil, pero no se la llevó el viento. Ana cerró los ojos mientras abrazaba sus cuadernos y, por primera vez desde que había abandonado la casa, comprendió que nadie sabía dónde estaba.

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What's inside: 5 chapters

  1. 1. el recuerdo de Pulli
  2. 2. Un hogar en Valparaíso
  3. 3. lo que ya no paresia una abentura
  4. 4. La foto de Pancho
  5. 5. Volver a enpesar

About this book

"El Camino De Josefina" is a fiction book by Ana gonzalez fernandes with 5 chapters and approximately 10,495 words. Una adolescente chilena huye de casa y busca dónde pertenece.

This book was created using Inkfluence AI, an AI-powered book generation platform that helps authors write, design, and publish complete books. It was made with the AI Novel Writer.

Frequently Asked Questions

What is "El Camino De Josefina" about?

Una adolescente chilena huye de casa y busca dónde pertenece

How many chapters are in "El Camino De Josefina"?

The book contains 5 chapters and approximately 10,495 words. Topics covered include el recuerdo de Pulli, Un hogar en Valparaíso, lo que ya no paresia una abentura, La foto de Pancho, and more.

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This book was written by Ana gonzalez fernandes and created using Inkfluence AI, an AI book generation platform that helps authors write, design, and publish books.

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