Read the first chapter
The whole of chapter one, free. About 8 min. Turn the pages with the arrows, your keyboard, or a swipe.
Chapter 1
La puerta cede bajo la niebla
El reloj de hierro de la torre oeste marcó la medianoche con un golpe seco. Tomás Arlen vio vibrar la aguja bajo la luz azulada de la luna y, al levantar la mirada, distinguió tres siluetas avanzando entre la niebla.
No caminaban como hombres.
Sus cabezas sobresalían por encima de los abedules que crecían al otro lado de la Muralla Sur. Los brazos les colgaban hasta las rodillas. Uno de ellos ladeó el rostro, como si hubiera oído el latido de la ciudad a través de la piedra.
Tomás apretó los dedos alrededor de la lanza.
—Capitán.
Rivas apareció por la escalera de caracol con el arnés de maniobras sujeto al pecho. Tenía una correa entre los dientes y tiró de ella hasta asegurarla.
—¿Cuántos?
—Tres al frente. Hay otro detrás.
Rivas se asomó al parapeto. La niebla se abrió un instante. El más cercano tenía la piel pálida y desnuda, la boca estirada en una sonrisa sin alegría. Medía más de diez metros. Cada paso hundía el barro y hacía temblar las almenas.
—Toca la alarma.
Tomás golpeó la campana.
El sonido se extendió por la muralla, chocó contra las casas y despertó a la ciudad con una violencia de metal. En las torres vecinas respondieron otras campanas. Abajo, los soldados corrieron hacia la puerta exterior. Se encendieron antorchas. Se alzaron voces. El silencio de la noche se partió en cientos de pedazos.
Tomás buscó la calle que descendía desde la torre. A esa altura podía ver los tejados, las plazas estrechas y las ventanas que comenzaban a iluminarse. La puerta exterior se encontraba al oeste, bajo ellos, reforzada con vigas de roble y placas de hierro.
—Tenemos que bajar —dijo.
Rivas lo miró.
—No. Tenemos que impedir que lleguen a la puerta.
El primer titán levantó una pierna.
—Si la golpea, la puerta cae.
—Por eso vas a descender y cerrar el paso desde el interior.
Tomás volvió la vista hacia la niebla. La criatura se acercaba. El suelo vibraba bajo sus botas.
—¿Solo?
—Julián está reuniendo a los hombres de la torre norte. Lo encontrarás abajo.
El nombre le tensó la mandíbula. Julián siempre llegaba antes que él a cualquier parte, con una sonrisa torcida y las botas mal abrochadas. En la academia había sido el único capaz de vencerlo en una carrera por los tejados.
—No te quedes mirando —dijo Rivas—. Muévete.
Tomás enganchó los anclajes a los rieles de la torre. El mecanismo de gas siseó junto a sus costillas. Se colocó las hojas curvas en los soportes y saltó.
El cable se disparó hacia una almena inferior. La torre desapareció bajo sus pies. Tomás descendió rozando la piedra, frenó al pasar junto a una ventana y volvió a impulsarse hacia el tramo de muralla que conducía a la puerta.
El viento le golpeó la cara. Las antorchas se convirtieron en manchas anaranjadas. A su izquierda, los titanes cruzaban el campo. El primero levantó los brazos y dejó escapar un sonido grave, parecido al crujido de un árbol al partirse.
Tomás aterrizó sobre la plataforma de la puerta.
—¡Abrid paso! —gritó.
Los soldados se apartaron apenas a tiempo. El mecanismo de cierre se agitaba bajo la madera. Hombres con mazas golpeaban las cuñas, intentando reforzarlas. Desde el otro lado llegó un estruendo que hizo caer polvo del techo.
El titán había alcanzado la puerta.
Tomás sintió el impacto antes de verlo. Las vigas crujieron. Una grieta vertical apareció entre los tablones. Los soldados retrocedieron.
—¡No cedáis! —bramó Rivas desde la torre.
El segundo golpe arrancó una de las placas de hierro. La puerta se arqueó hacia dentro. Una mano enorme atravesó la abertura y tanteó el aire.
Un soldado lanzó una lanza. La punta se hundió en la palma del titán. La criatura cerró los dedos alrededor del asta y tiró. El hombre salió despedido contra el muro.
—¡Atrás! —ordenó Tomás.
Nadie tuvo tiempo de obedecer.
La puerta exterior se partió con un estruendo que sepultó las voces. Los tablones volaron hacia el patio. Una viga cayó sobre el mecanismo y lo aplastó. La mano del titán desapareció entre el humo de la madera rota.
Tomás se cubrió el rostro. Astillas y piedras le golpearon el casco. Cuando bajó el brazo, vio el hueco abierto en la muralla.
Más allá, la niebla entraba por la calle como un río blanco.
El titán inclinó la cabeza para pasar.
—¡Formación! —gritó Rivas—. ¡No dejéis que llegue a las casas!
Los soldados se alinearon con lanzas y escudos. Tomás desenganchó los cables y corrió hacia ellos. El patio estaba lleno de escombros. Una rueda partida bloqueaba el paso; detrás, una torre de vigilancia se había desplomado sobre los almacenes. El único camino libre conducía a las calles interiores.
El titán avanzó.
La primera fila atacó. Las lanzas golpearon sus piernas y rebotaron contra la piel. Una de ellas se clavó bajo la rodilla. El monstruo la miró con curiosidad, como si no entendiera que algo tan pequeño pudiera herirlo.
Luego barrió el suelo con el brazo.
Los escudos volaron. Tres soldados cayeron. Tomás se deslizó bajo la sombra de la criatura y clavó un anclaje en una pared. El motor rugió. Salió disparado hacia arriba, giró alrededor del hombro del titán y cortó.
La hoja abrió una línea profunda en su cuello.
La sangre salpicó las piedras. El titán rugió y se tambaleó. Tomás aterrizó sobre un tejado bajo, con las piernas dobladas para absorber el golpe.
—¡A la nuca! —gritó Rivas—. ¡Córtale la nuca!
Tomás ya estaba lanzándose de nuevo.
El titán se volvió con una rapidez imposible. Su mano pasó a un palmo de las botas de Tomás y arrancó un balcón de la fachada. Los cables se tensaron. Tomás chocó contra una pared, sintió que una costilla le ardía y cayó sobre un montón de tejas.
La criatura seguía en pie.
La herida de su cuello comenzó a cerrarse.
Primero se contrajo la carne. Después, los bordes se unieron con movimientos húmedos y rápidos. El agujero desapareció bajo una capa de piel nueva.
Tomás se quedó inmóvil.
—No puede ser —murmuró.
Rivas aterrizó junto a él y lo levantó del arnés.
—¿Qué has visto?
—La herida… se está cerrando.
El capitán miró al titán. La criatura giró el cuello, probándolo, y abrió la boca.
—Entonces vuelve a cortarlo.
—Ya lo hice.
—Córtalo mejor.
El rugido sacudió las ventanas. Desde el extremo de la calle llegó otro estrépito. El segundo titán había entrado por la puerta. Su cabeza rozó los tejados y sus dedos se cerraron sobre una casa, arrancando el muro frontal. Dentro, una familia gritó.
Tomás vio una figura pequeña entre los escombros.
Un niño.
Tenía una pierna atrapada bajo un carro volcado. El titán se acercaba arrastrando los dedos por las piedras.
—Rivas.
—No.
—Hay un niño.
—¡Tomás, vuelve a la formación!
El niño alzó la cabeza. Sus ojos encontraron los de Tomás a través del humo.
Tomás ya estaba corriendo.
Enganchó un cable en una chimenea y se dejó caer por encima de la calle. El aire le quemó la garganta. Aterrizó junto al carro y hundió las hojas entre las ruedas.
—¿Puedes correr?
El niño negó con la cabeza.
—Entonces correré por los dos.
Tomás cortó la madera. El carro se inclinó, pero la pierna del niño seguía atrapada bajo una viga.
Detrás de ellos, el titán dio otro paso.
La sombra cubrió las piedras.
Tomás soltó una hoja, agarró la viga con ambas manos y tiró. El hombro le ardió. La madera no cedió.
—¡Vamos!
El niño lloraba sin hacer ruido.
Tomás recordó a su hermano menor corriendo por las calles de un distrito que ya no existía. Recordó sus manos pequeñas apartando ceniza del suelo. Recordó que aquella vez había llegado demasiado tarde.
No volvería a hacerlo.
Clavó una rodilla en el barro, metió los dedos bajo la viga y tiró con todo el cuerpo. La madera se levantó apenas lo suficiente.
—¡Ahora!
El niño sacó la pierna. Tomás lo agarró por la cintura y disparó el cable hacia una torre inclinada. El anclaje mordió la piedra. Ambos salieron despedidos justo cuando los dedos del titán aplastaban el carro.
Tomás giró en el aire y cayó sobre una calle lateral. El niño rodó entre sus brazos. Al final de la calle, un grupo de evacuados avanzaba hacia los refugios.
—¡Llevadlo! —gritó Tomás.
Una mujer lo recibió. El niño no soltó la correa del uniforme.
—¿Vas a venir?
Tomás miró hacia la puerta rota. Entre la niebla, los titanes avanzaban hacia el corazón de la ciudad.
—Sí.
La mano del niño se abrió despacio.
Tomás volvió a enganchar los cables.
Un rugido distinto atravesó la noche.
No procedía de los titanes que ya habían entrado. Era más profundo. Más pesado. Las casas vibraron. Una nube de polvo se elevó detrás de la muralla y tapó las estrellas.
Rivas apareció sobre un tejado, con sangre en la frente.
—¡Tomás! ¡Aléjate de la puerta!
—¿Qué es eso?
El capitán miró hacia la niebla.
—El grande.
La criatura emergió detrás de los otros.
Pasaba por encima de las casas. Su cuerpo parecía una montaña de carne, cubierto por vapor. No sonreía. Observaba. Sus ojos recorrieron la muralla, las calles y los soldados desperdigados.
Luego se detuvieron en la torre oeste.
En Rivas.
El gigante arrancó una piedra de la muralla derrumbada. La sostuvo entre los dedos y la lanzó.
Rivas gritó una orden, pero el viento se llevó las palabras.
La piedra atravesó la torre.
El impacto sacudió el barrio. Una lluvia de ladrillos cayó sobre la calle. Tres soldados fueron arrancados del cielo antes de poder frenar los cables.
Uno de ellos llevaba el uniforme de la academia.
—¡Julián!
Tomás lo vio desaparecer entre el polvo.
El gigante ya levantaba otra piedra.
—¡Muévete! —rugió Rivas.
Tomás disparó los cables hacia dos fachadas opuestas. El motor respondió con un chillido. Cruzó la calle, pasó entre dos tejados y se lanzó directo al titán común que bloqueaba el paso.
La criatura abrió la boca.
Tomás vio su ojo amarillo, la ciudad reflejada en él y las llamas temblando sobre los cristales rotos.
Sacó las dos hojas.
Cortó la nuca.
La hoja penetró hasta el hueso. El titán cayó de rodillas y el suelo se abrió bajo su peso.
Tomás aterrizó detrás de él, respirando con dificultad.
Durante un segundo, creyó que había terminado.
Entonces el vapor brotó de la herida.
La carne comenzó a cerrarse.
El titán apoyó una mano en la calle y volvió a levantarse.
Tomás retrocedió un paso. Detrás de él, la puerta rota dejaba entrar la niebla. Delante, el monstruo giraba la cabeza. Sobre los tejados, el gigante preparaba otra piedra.
Rivas gritó su nombre.
Tomás ajustó el agarre de sus espadas.
La nuca del titán se había cerrado por completo. Y la criatura seguía viva.
End of chapter one. 4 more chapters and about 9,018 words in the full book.
Swipe or use the arrows to turn the page
What's inside: 5 chapters
- 1. La puerta cede bajo la niebla
- 2. El niño que no podía correr
- 3. La placa que ocultaba su ojo
- 4. La nuca bajo las placas
- 5. El miedo camina detrás
About this book
"El Hombre Que No Retrocedió" is a fiction book by Mansour Laghmigh with 5 chapters and approximately 9,018 words. Un joven soldado lucha contra titanes para proteger su ciudad y sus habitantes.
This book was created using Inkfluence AI, an AI-powered book generation platform that helps authors write, design, and publish complete books. It was made with the AI Novel Writer.
Frequently Asked Questions
What is "El Hombre Que No Retrocedió" about?
Un joven soldado lucha contra titanes para proteger su ciudad y sus habitantes
How many chapters are in "El Hombre Que No Retrocedió"?
The book contains 5 chapters and approximately 9,018 words. Topics covered include La puerta cede bajo la niebla, El niño que no podía correr, La placa que ocultaba su ojo, La nuca bajo las placas, and more.
Who wrote "El Hombre Que No Retrocedió"?
This book was written by Mansour Laghmigh and created using Inkfluence AI, an AI book generation platform that helps authors write, design, and publish books.
How can I create a similar fiction book?
You can create your own fiction book using Inkfluence AI. Describe your idea, choose your style, and the AI writes the full book for you. It's free to start.
Write your own fiction book with AI
Describe your idea and Inkfluence writes the whole thing. Free to start.
Start writingCreated with Inkfluence AI