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Chapter 1
Cap. 1: El inventario de los fluidos.
El líquido cayó del cadáver antes de que Mara terminara de abrir la bolsa.
No formó un charco. Se extendió en tres líneas paralelas sobre el acero, cada una con una longitud distinta. La primera alcanzó el borde. La segunda se detuvo a cuatro centímetros. La tercera avanzó contra la pendiente de la mesa y volvió a subir, despacio, como si buscara una junta mal sellada.
Mara cerró la cremallera hasta la mitad.
—No lo toque —dijo el auxiliar.
—Ya lo toqué.
—Entonces no lo vuelva a tocar.
El auxiliar se llamaba Ibarra. Tenía guantes grises y una mascarilla que le humedecía el labio superior. Miraba la mesa. No miraba el cuerpo.
Mara tomó una regla metálica del cajón inferior. La apoyó junto al fluido. La graduación empezaba en cero y terminaba en treinta. El borde de la regla no coincidía con la superficie. Entre ambos quedó una separación fina, suficiente para que pasara la uña.
—¿Hora de ingreso?
—Diecisiete cuarenta y dos.
—¿Hora de hallazgo?
—Dieciséis diez.
—¿Quién lo trasladó?
Ibarra señaló la puerta.
—Los de emergencias. Dejaron el formulario.
El papel estaba doblado en cuatro. Tenía una mancha amarilla en la esquina. Mara lo abrió sobre la bandeja auxiliar. El nombre del muerto aparecía escrito con tinta azul: Esteban Vela. Cincuenta y ocho años. Varón. Sin documentación en el bolsillo. Domicilio incompleto. Causa presunta: colapso orgánico.
Mara leyó dos veces la última línea.
—Esto no es una causa.
—Es lo que pusieron.
—No pregunto qué pusieron.
Ibarra tragó saliva. El sonido se amplificó bajo la mascarilla.
—Lo encontraron sentado en la cocina. La familia dijo que respiraba raro.
—¿La familia vio la muerte?
—Vio que se inclinó.
—No es lo mismo.
El cadáver ocupaba la mitad derecha de la mesa. La otra mitad permanecía libre. Mara había marcado el centro con cinta roja. El cuerpo no respetaba la línea. El hombro izquierdo quedaba a nueve centímetros del eje. El derecho, a once. La cabeza giraba hacia la pared. Los pies apuntaban a direcciones que no podían pertenecer a la misma pierna.
No había sangre visible.
Eso era lo peor.
La piel conservaba un color gris de oficina cerrada. El cuello presentaba una hendidura horizontal. No parecía una herida. Parecía la marca dejada por una pieza que había sido retirada. Mara acercó la lámpara. El olor llegó antes que la luz: cobre húmedo, lejía vieja y una dulzura espesa, parecida a la grasa que se queda en los filtros de una fábrica.
—Abra la cavidad torácica —dijo Ibarra.
Mara lo miró.
—¿Ahora me da órdenes?
—No. Le digo lo que figura en la solicitud.
—La solicitud pide extracción de muestras.
—También pide apertura.
Mara buscó el documento. La firma pertenecía al juez de guardia. La tinta todavía brillaba.
—No hay autorización para alterar la posición del cuerpo.
—Ya está alterada.
Mara bajó la vista.
El cadáver había movido la mano derecha.
No mucho. Dos falanges. Antes descansaba junto al muslo. Ahora tocaba la cinta roja.
Ibarra retrocedió y chocó con el armario. Las puertas vibraron.
—Eso lo hizo usted.
—Yo estaba mirando la cabeza.
—Entonces lo hizo la mesa.
Mara no respondió. Retiró la mano del cadáver con las pinzas. La piel cedió bajo el metal. No estaba fría. Tenía la temperatura de una tubería en verano.
Cortó desde el esternón hasta el ombligo. La hoja avanzó con resistencia elástica. El tejido no se abrió de inmediato. Se separó por capas, como un cierre industrial atascado. Del interior brotó un líquido transparente con vetas negras.
Mara colocó un recipiente graduado debajo.
La primera gota cayó a las dieciocho horas y siete minutos.
La segunda cayó antes que la primera.
Ibarra se quitó la mascarilla.
—Eso no puede pasar.
—Anótelo.
—¿Qué?
—La hora.
—No voy a anotar eso.
—Entonces anotaré que se negó.
El líquido siguió saliendo. Cada gota producía un sonido seco. No era un goteo. Era un golpe pequeño contra el plástico. Mara observó el recipiente. El nivel subía sin ocupar el fondo de manera uniforme. Se acumulaba en una esquina. La esquina cambiaba de sitio cada vez que ella parpadeaba.
Ibarra acercó el rostro.
—¿Hay dos cavidades?
—Hay una.
—No parece.
—Las apariencias no tienen valor probatorio.
—Mara.
Ella siguió cortando.
El esternón estaba partido en dos segmentos que no se alineaban. El hueso superior medía dieciséis centímetros. El inferior medía dieciocho. Entre ambos quedaba una hendidura limpia. En esa hendidura latía una membrana azul, fina y húmeda.
Mara detuvo el bisturí.
—Traiga otro recipiente.
—¿Para qué?
—Para el segundo fluido.
—Es el mismo.
—No.
Ibarra obedeció. Abrió el armario. Las bandejas chocaron entre sí. El sonido llenó la sala como una dentadura cayendo por una escalera.
Mara tomó una muestra del líquido claro. Después hundió la pipeta en la membrana. La sustancia azul salió con una presión leve. Olía a hierro y jabón.
En la etiqueta escribió: muestra A.
En la segunda escribió: muestra B.
La tinta se corrió. Las letras se alargaron hacia abajo, delgadas y negras. Mara dejó el rotulador sobre la mesa.
—¿Ve eso?
Ibarra miró las etiquetas.
—La tinta está mojada.
—La dejé secar.
—Aquí hay humedad.
—No tanta.
El cuerpo emitió un ruido bajo. Una burbuja pasó por el cuello. La hendidura se abrió un milímetro. De su interior salió una hebra blanca. Cayó sobre la bandeja y se contrajo.
Ibarra dio un paso hacia la puerta.
—Llame al juez.
—El teléfono está en el pasillo.
—Llame al juez.
—No voy a dejarlo solo.
Mara tomó la hebra con las pinzas. La superficie era lisa. No parecía músculo. Se retorcía en ángulos cortos, como un alambre blando que hubiera aprendido a doblarse.
—¿Qué es?
—Tejido.
—¿De qué?
—Humano, supongo.
—No suponga.
Mara cortó la hebra. El extremo se cerró con rapidez. La parte que quedó dentro del cuello se replegó. La piel recuperó su forma.
El recipiente A se llenó hasta la marca de cien mililitros. El líquido no subió más. El cuerpo seguía drenando, pero el nivel permanecía fijo. En el recipiente B, el fluido azul comenzó a descender.
No había fuga.
La mesa estaba seca.
Ibarra se acercó al recipiente.
—Está desapareciendo.
—No.
—Lo vi.
—Está cambiando de lugar.
Mara levantó el recipiente B. El peso no coincidía con el volumen. Pesaba demasiado. Lo apoyó sobre la balanza. La pantalla mostró 0,00. Después mostró 14,30. Después una línea horizontal.
—Apáguela —dijo Ibarra.
—No.
—Apáguela.
—No toque nada.
La puerta se abrió.
Entró la doctora Salcedo con un expediente bajo el brazo. Llevaba zapatos de calle y el pelo recogido con una goma. Se detuvo al ver la mesa.
—¿Por qué hay dos recipientes?
—Porque hay dos líquidos.
—El protocolo contempla uno.
—El protocolo no contempla esto.
Salcedo dejó el expediente junto a la bandeja. No se puso guantes.
—¿Qué tenemos?
—Varón. Cincuenta y ocho años. Esteban Vela. Muerte pendiente de clasificación.
—¿Familia?
—Declaración en curso.
—¿Signos externos?
Mara señaló el cuello.
—Hendidura. Sin pérdida de sangre. Desplazamiento de la mano derecha. Alteración de la posición de los pies.
Salcedo miró la cinta roja.
—¿Alteración de la mesa?
—No.
—¿De las distancias?
Mara le entregó la regla.
—El eje no coincide con el cuerpo.
Salcedo midió el hombro izquierdo. Luego el derecho. Repitió la operación.
—Once centímetros.
—Nueve en el otro lado.
—Eso es una diferencia de dos centímetros.
—Sí.
—Puede ser la postura.
—La postura no explica el líquido.
Salcedo observó los recipientes. El azul había descendido hasta cubrir apenas el fondo. La sustancia formaba un círculo perfecto. Mara lo inclinó. El círculo no se deformó. Se mantuvo horizontal mientras el recipiente cambiaba de posición.
—Tome una muestra —dijo Salcedo.
—Ya está tomada.
—Tome otra.
—No.
Salcedo alzó la cabeza.
—¿Me está negando una orden?
—La primera muestra cambió después de sellarla.
—¿Cambió cómo?
—El volumen. La forma. El peso.
—Eso no ocurre.
—Está ocurriendo.
Salcedo se acercó al cuerpo. Miró la abertura torácica. La membrana azul se había extendido. Ahora ocupaba el espacio entre dos costillas. Se movía con un ritmo lento, sin relación con la respiración. Cada contracción empujaba la cinta roja. La cinta se desplazó tres milímetros.
—Cierre el cuerpo —dijo Salcedo.
—Falta la extracción.
—Cierre.
—La solicitud exige muestras internas.
—Ya tiene muestras.
—No tienen cadena de custodia completa.
—La cadena de custodia empieza cuando yo lo digo.
Mara miró el expediente. La esquina inferior estaba húmeda. Una mancha se extendía sobre el sello judicial. La tinta del juez se había duplicado. Dos firmas ocupaban el mismo espacio. Una apuntaba hacia arriba. La otra hacia abajo.
—¿Quién autorizó esto? —preguntó Mara.
Salcedo no contestó.
—¿Quién autorizó la autopsia?
—El juzgado.
—¿Qué juzgado?
Salcedo cerró el expediente.
—El de siempre.
—No hay un juzgado de siempre.
El cuerpo produjo otro sonido. Esta vez pareció una tos. La membrana azul se rasgó. De la abertura salieron pequeñas gotas. No cayeron hacia abajo. Quedaron suspendidas a distintas alturas sobre el pecho.
Mara contó siete.
Salcedo contó seis.
Ibarra no contó ninguna. Se había pegado a la pared.
—Retírese —dijo Salcedo.
—¿Quién?
—Todos menos Mara.
—No pienso quedarme aquí.
—Usted ya está dentro del acta.
Ibarra miró la puerta. Luego el cuerpo. Se quitó los guantes y los dejó en el contenedor rojo. Una gota azul cayó sobre el plástico. El contenedor se contrajo.
Ibarra salió.
Salcedo tomó el bisturí.
—Coseremos ahora.
—No.
—Mara.
—Quiero abrir el cuello.
—No está autorizado.
—El cuello produce el fluido.
—El cuerpo no produce nada. El cuerpo contiene.
—Entonces lo contiene desde fuera.
Salcedo apretó la mandíbula. Después le entregó el bisturí.
—Una incisión.
Mara cortó la hendidura horizontal. La piel se separó sin sangrar. Debajo no había tráquea. Había un conducto estrecho, translúcido, que descendía hacia el tórax y se dividía en dos. Una rama seguía el lado izquierdo. La otra cruzaba el centro y desaparecía bajo el pulmón derecho.
El conducto estaba lleno de líquido claro.
Mara introdujo la pipeta.
El cuerpo se arqueó.
Las siete gotas suspendidas cayeron al mismo tiempo. Cada una cayó en una dirección distinta. Tres golpearon la mesa. Dos golpearon el suelo. Una alcanzó la lámpara. La última entró en el ojo izquierdo de Esteban Vela.
El párpado se cerró.
Salcedo apartó la mano.
—Eso no es un reflejo.
—No.
—Cierre el párpado.
Mara no se movió.
El ojo derecho permanecía abierto. El izquierdo se cerró con una lentitud exacta. La distancia entre ambos párpados parecía crecer. El rostro se estiró sin romperse. La nariz quedó desplazada hacia un lado. La boca perdió su línea y formó una curva mínima, administrativa, semejante a una firma mal hecha.
Mara llenó el tubo.
El líquido claro tenía partículas rojas. No eran células. Eran diminutos fragmentos de hueso.
Salcedo miró la muestra.
—Etiquétela.
Mara escribió: muestra C.
Esta vez las letras no se corrieron.
En el silencio posterior, la balanza marcó 14,30. El recipiente B seguía casi vacío.
Salcedo recogió el expediente.
—Informe que el cadáver presentó una alteración post mortem no determinada.
—¿Y los fluidos?
—Contaminación cruzada.
—No hay contaminación.
—Eso pondrá.
Mara selló los tres tubos. El cadáver permaneció quieto. La mano derecha ya no tocaba la cinta roja. Había cruzado el eje y descansaba sobre el lado izquierdo del pecho.
A través del vidrio de la puerta, Ibarra observaba sin entrar.
Mara retiró la regla de la mesa.
La primera línea de líquido había desaparecido. La segunda llegaba ahora hasta el borde. La tercera había formado un ángulo imposible con las otras dos.
Salcedo firmó el acta.
—Nombre del procedimiento.
Mara miró el cuerpo. Miró los tres tubos. Miró la cinta roja, partida bajo la muñeca.
—Inventario de los fluidos.
Salcedo escribió el título.
En el tubo C, los fragmentos de hueso se acomodaron solos. Formaron una figura cerrada. No era un círculo. No era un cuadrado. Tenía cinco lados y ninguna distancia igual a otra.
Mara apagó la lámpara.
El ojo izquierdo de Esteban Vela volvió a abrirse en la oscuridad.
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What's inside: 5 chapters
- 1. Cap. 1: El inventario de los fluidos.
- 2. Cap. 2: Anatomía comparada de la cal.
- 3. Cap. 3: La pérdida del ángulo recto.
- 4. Cap. 4: El siseo de las articulaciones.
- 5. Cap. 5: La fusión del subsuelo.
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"La Putrefacción De La Simetría" is a fiction book by Anonymous with 5 chapters and approximately 9,706 words. Horror psicológico y existencial sobre geometría defectuosa y metamorfosis biológica.
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What is "La Putrefacción De La Simetría" about?
Horror psicológico y existencial sobre geometría defectuosa y metamorfosis biológica
How many chapters are in "La Putrefacción De La Simetría"?
The book contains 5 chapters and approximately 9,706 words. Topics covered include Cap. 1: El inventario de los fluidos., Cap. 2: Anatomía comparada de la cal., Cap. 3: La pérdida del ángulo recto., Cap. 4: El siseo de las articulaciones., and more.
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