El Pueblo Perdido De Cazorla
Fiction

El Pueblo Perdido De Cazorla

Novela de misterio sobrenatural con adolescentes en Cazorla

8 chapters 32,372 words ~129 min read Spanish 49 reads

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Chapter 1

El cartel que nadie recuerda

El último rayo de sol se quedó enganchado en las agujas de los pinos cuando Lucía levantó el mapa y comprobó, por tercera vez, que el camino debía estar frente a ellos. - Aquí - dijo, señalando una línea azul casi borrada -. La pista sale de la carretera y sigue el barranco hasta el pueblo.

El papel temblaba entre sus dedos. No por el frío, aunque la tarde había caído de golpe sobre la sierra y el aire se colaba por las mangas de su sudadera. Temblaba porque la línea del mapa terminaba justo donde empezaban los árboles, como si alguien hubiera arrancado el resto.

Detrás de ella, el grupo se detuvo con un crujido de mochilas y ramas. Marcos dejó caer su bolsa contra una roca. Irene encendió la linterna del móvil, pero la luz apenas alcanzó a iluminar los troncos más cercanos. Álvaro miró hacia la carretera, ya invisible entre la niebla baja. - ¿Seguro que es por aquí? - preguntó.

Lucía dobló el mapa con cuidado. - Si no lo fuera, no habríamos encontrado la desviación. - Encontramos una barrera oxidada y una rueda pinchada - dijo Marcos -. Eso no cuenta como señal. - La rueda era del coche de mi abuelo. - Precisamente.

Irene soltó una risa nerviosa, pero nadie la siguió. El bosque parecía haber cerrado el paso detrás de ellos. El silencio no era completo: algo golpeaba a intervalos regulares en algún lugar de la ladera, como una rama contra una puerta.

Lucía sacó el segundo mapa, una fotocopia amarillenta que había conseguido en el archivo municipal. El dibujo del sendero era distinto. En uno, el pueblo aparecía al norte del barranco. En el otro, al oeste. Las dos versiones coincidían en un detalle: una marca rectangular junto a la entrada, acompañada por una palabra que el tiempo había borrado. - Mi abuelo decía que el pueblo estaba a menos de una hora - murmuró -. Si seguimos el cauce, llegaremos antes de que oscurezca del todo. - Tu abuelo también decía que allí no vivía nadie desde los años sesenta - respondió Marcos -. ¿Y si no encontramos ni el pueblo ni el camino de vuelta?

Lucía alzó la vista. La pregunta le rozó una culpa que llevaba todo el viaje escondida bajo las instrucciones, las horas calculadas y las fotografías de los mapas. Ella había organizado la excursión. Ella había insistido en que no era una simple caminata, sino una oportunidad para comprobar si las historias sobre Cazorla tenían algo de verdad.

Quería entrar en el pueblo antes de que anocheciera. Quería demostrar que las historias de su abuelo eran exageraciones y que el lugar, por muy perdido que estuviera, seguía obedeciendo a las mismas reglas que cualquier otro. - Volvemos cuando lleguemos a la plaza - dijo -. Solo necesitamos localizarla. - ¿Y si no hay plaza? - preguntó Irene. - Entonces la encontraremos.

La respuesta sonó firme. Demasiado firme.

Avanzaron entre los pinos siguiendo un cauce seco. Las piedras resbalaban bajo las suelas y las ramas arañaban las mochilas. A la izquierda, el terreno caía en una pendiente cubierta de helechos negros. A la derecha, una pared de roca se elevaba como el costado de una casa enorme.

Lucía iba delante, iluminando el suelo. Cada pocos pasos miraba el mapa, pero el cauce no coincidía con la forma dibujada. En el papel, el barranco hacía una curva cerrada. Frente a ellos, se dividía en dos brazos. - Por la izquierda - dijo. - En el mapa pone derecha - señaló Irene.

Lucía acercó la linterna. La tinta se había corrido justo en esa parte. - La pendiente baja por la izquierda. - También baja por la derecha - dijo Marcos.

Un ruido seco sonó entre los árboles.

Todos se volvieron.

No había nadie. Solo los troncos, las agujas de pino y una franja de niebla que cruzaba el camino a la altura de las rodillas. - Ha sido una piedra - dijo Álvaro. - Las piedras no caminan - contestó Irene.

Lucía apretó la mandíbula. - Seguimos por la izquierda.

Caminaron durante diez minutos. Luego aparecieron de nuevo junto a la pared de roca.

Marcos miró la barrera oxidada que habían dejado atrás. - No puede ser.

La rueda del coche de su abuelo seguía apoyada contra la roca, cubierta de barro. Lucía reconoció una marca blanca en el caucho: una raya que ella misma había hecho con una llave antes de comenzar la excursión. - Hemos dado la vuelta - dijo Álvaro. - No - respondió Lucía.

Pero el mapa se le había enfriado en las manos.

Irene señaló los árboles. - Mira.

Entre dos pinos había un poste de madera. No estaba allí cuando habían pasado antes. Colgaba de él una tabla inclinada, casi comida por el musgo. Lucía se acercó y limpió la superficie con la manga.

Debajo de la capa verdosa apareció un rectángulo de pintura blanca. Las letras habían sido raspadas hasta dejar surcos irregulares.

PUEBLO DE…

El resto desaparecía bajo una mancha oscura. - Es el cartel - susurró Lucía. - ¿El de tu mapa? - preguntó Marcos.

Ella asintió.

En la parte inferior quedaba una flecha, pero apuntaba hacia el bosque, no hacia el cauce. Lucía levantó la linterna. La senda que indicaba era apenas una abertura entre los matorrales. - Por ahí.

Marcos le sujetó el brazo. - Espera. ¿No ves lo raro? - Veo que tenemos una dirección. - No. La pintura está fresca.

Lucía miró la flecha. El blanco brillaba húmedo bajo la luz del móvil. Una gota descendió por la madera y cayó sobre el musgo.

Nadie habló.

La tabla crujió.

No por el viento. El poste se inclinó hacia ellos con un gemido largo, como si alguien tirara de él desde el otro lado. Irene retrocedió y chocó contra Álvaro. - Nos vamos - dijo Marcos -. Ahora.

Lucía quiso responder, pero desde el bosque llegó un sonido débil, casi infantil. Tres golpes. Una pausa. Tres golpes más.

El mismo ritmo que habían oído antes. - No es una señal para entrar - dijo Irene -. Es una señal para que nos vayamos. - No sabemos qué es. - Precisamente por eso.

Lucía volvió a mirar el mapa. La línea azul, antes incompleta, parecía prolongarse bajo sus dedos. Una marca nueva había aparecido en el papel: una pequeña cruz junto a la flecha. No estaba impresa. La tinta era negra y todavía húmeda. - Lucía - dijo Marcos -. ¿Qué estás mirando?

Ella cerró el mapa. - Cruzamos y seguimos juntos. Si nos quedamos aquí, perderemos la luz. - ¿Y si el camino no existe? - Entonces lo comprobamos.

Marcos soltó una maldición. - Esto era una excursión, no una apuesta. - Para mí sí importa.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Irene la observó con una mezcla de miedo y reproche. - ¿Por qué te importa tanto?

Lucía no contestó. Porque su abuelo había pronunciado aquel nombre durante sus últimos días, cuando apenas reconocía a nadie. Porque había dibujado el cartel en el margen de un cuaderno y había escrito debajo: «No entres cuando te llamen». Porque, una semana después, el cuaderno había desaparecido de su habitación.

Un crujido llegó desde la senda.

Algo había pisado las ramas. - Juntos - dijo Lucía -. Nadie se separa. Nadie se queda atrás.

Encendieron las linternas y se internaron bajo los árboles.

La senda descendía con una pendiente imposible. A ratos parecía un camino de tierra; al siguiente, se estrechaba entre rocas que les rozaban los hombros. El sonido de los golpes los seguía, siempre a la misma distancia. Cuando Lucía se detenía, cesaba. Cuando avanzaba, volvía a empezar.

Pasaron junto a un muro derrumbado. Entre las piedras crecían flores blancas, cerradas a pesar de que aún no era de noche. Al otro lado había restos de casas: una puerta sin pared, un horno de barro, una campana oxidada colgando de una viga. - Esto no sale en el mapa - dijo Álvaro.

Lucía sacó la fotocopia. El pueblo estaba señalado como un conjunto de seis edificios alrededor de una plaza. Allí solo había ruinas dispersas, como si las hubieran cambiado de sitio. - Debe ser la parte exterior. - ¿Exterior de qué? - preguntó Irene.

La senda terminó frente a un arco de piedra. No tenía puerta, pero una hilera de clavos negros rodeaba la parte interior de las dovelas. Sobre el arco, alguien había tallado una figura de tres brazos. El centro era un círculo hundido, tan oscuro que la luz parecía apagarse al tocarlo.

Lucía reconoció el símbolo. Lo había visto en una fotografía del archivo, junto a una nota sobre antiguos rituales de protección. En la imagen, varias personas formaban un círculo alrededor de una hoguera. Todas llevaban la cara cubierta. - No pasamos por ahí - dijo Marcos.

Al otro lado del arco, la niebla se movía en dirección contraria al viento.

Lucía avanzó hasta el umbral. El suelo estaba cubierto de ceniza reciente. En medio había una hilera de piedras planas que se internaba en la calle principal. - Es la entrada - dijo. - También puede ser una trampa - respondió Marcos.

La palabra quedó suspendida.

Desde algún punto del pueblo llegó un golpe metálico. Después otro. La campana de la viga se balanceó sin que nadie la tocara.

Irene agarró la manga de Lucía. - Hay alguien ahí.

Entre las casas apareció una luz amarilla. No se movía como una linterna. Era fija, cuadrada, semejante a una ventana iluminada.

Lucía dio un paso atrás.

La luz se apagó. - Nos ha visto - susurró Álvaro.

Entonces una voz cruzó el arco. - Lucía.

No fue un grito. Sonó cerca, al nivel de su oído, aunque los demás también la escucharon. La voz tenía un timbre ronco y familiar.

El de su abuelo.

Lucía sintió que las piernas se le aflojaban. Marcos la sujetó por el hombro. - ¿Qué ha dicho?

Ella no pudo responder.

La voz volvió a pronunciar su nombre desde el interior del pueblo. - Lucía.

El grupo retrocedió hasta quedar apretado contra el muro de piedra. Nadie quería mirar hacia la calle. Nadie quería ser el primero en reconocer a quien los llamaba.

Lucía cerró los ojos un instante. Recordó la frase del cuaderno: No entres cuando te llamen.

Pero el cartel había aparecido. El camino había cambiado. La salida ya no estaba donde debía.

Abrió los ojos y cruzó el arco.

El aire cambió al instante. El frío le mordió la cara y una presión le cerró los oídos. Durante un segundo no oyó a sus compañeros ni el bosque. Solo un murmullo profundo bajo las piedras, como muchas voces hablando al mismo tiempo. - ¡Lucía! - gritó Irene.

Ella se volvió. Los demás seguían al otro lado. - ¡Pasad! ¡Rápido!

Marcos cruzó primero. Al atravesar el umbral, las linternas de todos parpadearon. Álvaro tropezó y cayó de rodillas sobre la ceniza. Cuando Irene lo ayudó a levantarse, una línea de piedras se iluminó delante de ellos.

No era luz. Era pintura.

Círculos blancos marcaban el suelo, uno tras otro, formando una ruta hacia el centro del pueblo. En cada círculo había una palabra escrita con una caligrafía temblorosa.

ENTRA.

SIGUE.

NO MIRES ATRÁS.

Marcos se inclinó sobre la primera marca. - Esto lo ha hecho alguien.

Lucía miró las casas vacías. Las ventanas eran agujeros negros. En una de ellas, algo se retiró lentamente de la luz que no existía. - No - dijo. - ¿No qué?

Lucía señaló el camino marcado.

La última palabra no estaba pintada en el suelo. Aparecía en la pared de la casa más cercana, trazada con una sustancia oscura que goteaba entre las piedras.

ESPERÁBAMOS.

Detrás de ellos, el arco se cerró con un estruendo.

No cayó ninguna puerta. No se movió ninguna piedra. Simplemente dejó de haber un camino al bosque.

Y desde el fondo de la calle, invisible entre la niebla, alguien empezó a caminar hacia ellos siguiendo las marcas blancas.

El paso que avanzaba por la calle dejó un sonido húmedo en la ceniza, como si algo arrastrara raíces en vez de pies. La luz amarilla que habían visto antes se volvió a encender en la casa principal, ahora más cercana, y una sombra se recortó tras ella: no era humana en la postura, más bien como si una tela vieja se apoyara en un esqueleto torcido. Cada vez que la sombra daba un paso, el polvo en el aire vibraba y dejaba un rastro de motas que brillaban con la linterna del móvil.

Marcos tragó saliva. Su voz salió en un hilo. - Lucía… ¿lo reconoces?

Ella sintió el nombre del abuelo clavarse como una espina bajo la piel. No era solo la voz; era la cadencia, esa manera de arrastrar las sílabas cuando la garganta ya no tenía fuerza. Pero había algo más: el timbre estaba doblado, como si hablara por dos bocas a la vez. Un olor a carbón y lejía les llegó de golpe, mezclado con algo más antiguo, tierra quemada y flores cerradas que exhalaban un dulzor que dolía en la memoria.

Irene apretó la mano de Álvaro hasta que se le clavaron las uñas. - No me acerco - susurró -. No quiero que me mire.

La sombra se detuvo a mitad de la calle, justo en la primera palabra pintada en la ceniza: ENTRA. Un leve temblor recorrió el suelo y la pintura pareció vibrar, como si tuviera una respiración propia. Desde alguna casa cercana les llegó un golpe corto y metálico, como el choque de una cadena contra un soporte. La campana que habían visto antes arrancó una nota que tardó un instante en disolverse, dejando un eco pegajoso en la garganta.

Lucía notó que su sudadera se pegaba a la espalda por el sudor frío. No solo hacía frío; la piel se le erizaba con una electricidad seca que le cosquilleaba en los dedos. Levantó la linterna con mano temblorosa y apuntó al rostro de la sombra. No había ojos. Donde deberían haber estado, la luz se partía en hilos negros, como si una grieta en la noche absorbiera la claridad. La boca, si existía, era una mancha que no correspondía a la anatomía; parecía más bien un repintado sobre aquello que antes fue rostro.

Desde dentro de la casa vino un sonido como cuchillos sobre una tabla, y enseguida la voz de su abuelo volvió a llamar su nombre, pero ahora alargando la última sílaba hasta que se parecía a una queja. Cada vez que el nombre se pronunciaba, las palabras pintadas en la calle temblaban y unas pequeñas gotas oscuras caían de los techos formando un patrón que Lucía reconoció sin poder evitarlo: las gotas delineaban poco a poco el símbolo de tres brazos que había visto en el arco.

Respiró hondo y el aire le supo a hojarasca vieja. Intentó pensar en algo que no fuese su abuelo ni el cartel ni la frase del cuaderno. Pensó en el mapa, en la tinta negra fresca que había aparecido en sus manos. Sintió el peso del papel en el bolsillo, como una promesa que se hacía más fría con cada segundo. Necesitaba una decisión que no le temblara, una orden clara que sostuviera al grupo entero.

• Volvamos al arco - dijo, porque era lo único que sonó con autoridad en su boca -. Si esto es una trampa, no podremos analizarla aquí.

Marcos la miró como si quisiera creerla y no poder. - No podemos salir - replicó -. El camino… se ha ido.

Irene trató de reír, pero en su risa había una rotura. - Entonces nos encerró - murmuró -. Como si quisiera que creyéramos que hay opción.

Una vez más, la sombra avanzó, siguiendo la secuencia de círculos blancos hasta colocarse frente a ellos. La oscuridad que la envolvía tenía un sonido: un zumbido bajo, casi como cuando un teléfono vibra en el bolsillo y no lo ves. Lucía dio un paso al frente sin pensar. El suelo bajo su pie derecho crujió y soltó un polvo más fino, que olía a harina vieja y saliva seca. Notó al instante que su pulso latía diferente, más lento y más profundo, como si su corazón intentara seguir otra medida del tiempo.

• Si algo la llama… - murmuró Álvaro, y su voz tembló hasta una quebradura -. Si la voz dice tu nombre, no… no hay que responder. Eso decía el cuaderno.

La sangre le volvió a la cara a Lucía con un golpe de calor que le nubló la visión por un segundo. El cuaderno de su abuelo había dicho otras cosas también, dibujos de manos, nombres tachados, y una advertencia: No entres cuando te llamen. Pero el cartel y la tinta fresca habían actuado como una urgencia que tiraba de ella por dentro. Porque si no entraban, ¿y si el pueblo no los dejaba ya salir nunca? Si el llamado era una trampa, entonces cruzar era arrojarse a ese filo. Si no cruzaban, la culpa de no haber intentado algo se convertiría en otra cosa que la perseguiría más tarde.

Tomó el mapa del bolsillo sin soltar la linterna. La tinta húmeda en la cruz negra brillaba a la luz como una herida abierta. Puso el dedo sobre la marca y, con voz que le costó controlar, dijo: - Seguimos las marcas y vamos a la plaza. Una vez allí decidimos. Prometido.

La promesa flotó en el aire, pegajosa como el polvo de la ceniza. Los otros no respondieron con palabras; sus cuerpos se movieron como cuerda que cede o tensa. Marcos asintió, lento. Irene dejó escapar el aire con un sollozo contenido. Álvaro apretó la botella que llevaba a la cintura, como si el objeto le anclara la realidad.

La sombra les dejó pasar sin chistar. No apresó, no atacó. Retrocedió unos pasos y, con una lentitud deliberada, giró la cabeza hacia la casa de la luz amarilla. Dentro de esa ventana cuadrada, la claridad parpadeó y mostró por un instante algo clavado en la pared: un trozo de papel con una letra que conocían bien - la letra de su abuelo - y una palabra subrayada en tinta negra.

Lucía casi no tuvo valor para verla. Sus dedos temblaban tanto que la linterna trazó un temblor en la claridad. Pero la vio: la palabra era una invocación escrita al revés. En el borde del papel, una gota de la misma sustancia oscura que formaba ES PERÁBAMOS[texto desconocido] se deslizaba y se evaporaba dejando un reguero fino.

Al cruzar la sombra, el aire cambió de nuevo: dejó de apretar los oídos y se convirtió en un murmullo como de hojas que hablan entre susurros. La pintura blanca bajo los pies parecía menos firme. La calle principal, más adelante, olía a pan quemado y a cera vieja. Y, en la distancia, la campana volvió a sonar, pero esta vez con una ritmología que Lucía no supo descifrar: no eran tres golpes ni tampoco uno. Era una secuencia irregular que le recordó a las sílabas de una palabra que estaba por pronunciarse.

Algo en su interior se tensó hacia adelante. No había marcha atrás sin pagar un precio. Lucía apretó la linterna hasta que los nudillos le dolieron y, con el mapa en la mano, dio el primer paso hacia la hilera de círculos blancos que conducían hacia el centro del pueblo.

El primer paso sobre el círculo blanco le clavó en la cabeza un ruido seco, como la separación de una hoja del tronco. No era el crujido de la ceniza; era algo más íntimo, como si dentro de ella mismo algo se apartara para mirar. Lucía sintió que la luz de la linterna se empequeñecía en sus manos, como si la claridad hubiera ganado peso y tirara hacia abajo. Pensó en la raya que había marcado en la rueda del coche de su abuelo, en la promesa de que nunca haría nada que él no pudiera comprender. ¿Qué hubiera dicho si la viera ahora, entrando en un pueblo que su nombre había arrancado de la memoria? La voz que imitaba su abuelo aún vibraba en la calle, una cuerda desafinada que buscaba la nota correcta.

No era valor lo que la empujaba, ni siquiera curiosidad. Era la sensación de que algo en el mapa había cruzado el papel para tocar su palma y exigir respuesta. El dedo sobre la cruz de tinta negra le quemaba, como si la marca estuviera viva y quisiera entrar en la piel. Si se alejaban ahora, ese frío se convertiría en una culpa que le arañaría el pecho cada noche; si seguían, la posibilidad de salvar a Álvaro, de demostrar que no había inventado las historias de su abuelo, le escurría entre los dedos como agua. Lucía sintió la vieja urgencia de arreglar las cosas, de poner nombre a lo que crujía en el borde del mundo.

Marcos estaba detrás, con la linterna apuntando al blanco del primer círculo. Su respiración era una cadena de golpes, incapaz de sostener más de dos sílabas sin perder el hilo. Irene olía a tierra húmeda y sudor; la tensión le habia vuelto la piel áspera. Álvaro apretaba la botella hasta que las gotas de condensación en el vidrio se deslizaban y caían en la mano, como si fuera el único nexo con lo cotidiano.

¿Qué clase de puzle necesitaba que siguieran instrucciones pintadas en la calle para encontrar respuesta? Se cuestionó si los rituales a los que su abuelo aludía eran una trampa o una protección. Las fotografías en el archivo mostraban hogueras, figuras con máscaras, manos manchadas de ceniza. En la vida real, esas imágenes se traducían en un olor a cera quemada y en la textura de la pintura fresca bajo la uña. ¿Era posible que la misma advertencia que había dejado en su cuaderno fuera su única salvación? No entres cuando te llamen. La frase le reptaba por dentro; la repetía silenciosa, como un rezo torcido. Pero la voz que pronunciaba su nombre había hecho algo peor que llamarla: había tocado un recuerdo y lo había vuelto palpable. Oía la risa de su abuelo en una tarde de verano, el raspado de la cuchara en la taza, la palabra Lucía dicha con ternura. ¿Era eso un faro para seguir o una trampa para que ella volviera?

Se obligó a mirar la casa con la ventana amarilla. Había visto la letra de su abuelo clavada en la pared, la palabra subrayada al revés. La inversión de los signos convertía la invocación en algo que podía deshacerse si se pronunciaba de otra manera; su mente, sin embargo, se negaba a simplificar lo que olía a peligro ancestral. Si el nombre prohibido era una llave, ¿quién había dejado la llave a la vista? ¿Su abuelo, por accidente, o alguien que quería que entraran? La incertidumbre le mordió la lengua.

Un paso más sobre la línea. La pintura vibró y la ceniza emitió un polvo que se pegó a sus labios. Unas gotas oscuras comenzaron a trazarse en el techo, goteando hacia la calle como una lluvia invertida. Lucía tuvo la sensación de que el símbolo de tres brazos se estaba formando ante sus ojos en pequeños fragmentos, como si el pueblo se dibujara a sí mismo alrededor de ellos. ¿Y si el ritual no era algo que se hiciera una sola vez? ¿Y si cada visita, cada ruido, cada nombre pronunciado activaba un círculo que necesitaba cuerpos para cerrarse? La idea le atravesó la espalda con la precisión de un alfiler.

No podía pensar en abandonar al grupo. La promesa no era solo una palabra: era la estructura que mantenía unido el hilo de sus decisiones. Sentir que la promesa podía romperse le dio vértigo. ¿Qué clase de líder sería si, al primer miedo, dejaba que los demás eligieran solos? Lucía reconoció el orgullo, esa costra que se endurecía cada vez que tomaba una decisión difícil para evitar la mirada de su abuelo. ¿Era valentía o un modo de ocultar una culpa antigua? Cerró los dedos en torno al mapa hasta que el papel crujió. El ruido le devolvió al presente.

Al cruzar la sombra, la voz de su abuelo se hizo más débil, como si alguien tirara de un hilo desde lejos. Pero entonces, en el murmullo bajo las piedras, escuchó otra sílaba que no pertenecía a la voz que conocía: una vocal larga y barrida, una nota que parecía deslizarse por un borde. Pensó en las manos dibujadas en el cuaderno, en los nombres tachados. Recordó una anotación suelta y mal escrita: "No la cerréis". ¿Cerrar qué? Si cerrar significaba sellar algo y abrir implicaba alimentar algo... ¿cuál era la elección correcta? Las preguntas se hacían tan densas que le costaba respirar.

Decidió hablar. Era una decisión sencilla: poner la promesa en voz alta para que pesara como un contrato que no permitiera dudas. "Vamos a la plaza", dijo, y aunque su voz tembló, la frase tuvo el sonido del hierro cuando se asienta en su sitio. No hubo aplausos, solo movimientos y asintimientos contenidos. La promesa les ancló por unos segundos. Sintió la mirada de cada uno sobre ella; no era juicio, pero era responsabilidad. Su pecho se apretó con la anticipación de aquello que aún no comprendía: si la plaza era respuesta, sería también prueba; si era trampa, se convertiría en lugar donde la culpa se haría material.

El olor a pan quemado llegó de nuevo, mezclado con cera. Lucía cerró los ojos un instante y, en ese parpadeo, vio a su abuelo dibujando, la mano temblorosa sosteniendo un lápiz, la letra firme al final: Lucía. Luego la vista volvió al gris de la ceniza y a las palabras pintadas que parecían respirar. No había vuelta atrás sin pagar un precio que apenas comenzaba a descubrir. Con la linterna en una mano y el mapa en otra, dio el siguiente paso sobre la palabra SIGUE, y la calle pareció tragar su sombra.

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What's inside: 8 chapters

  1. 1. El cartel que nadie recuerda
  2. 2. La promesa que rompe el miedo
  3. 3. La fuente que traga los pasos
  4. 4. El pergamino con nombres prohibidos
  5. 5. El círculo se abre con sangre
  6. 6. La noche en que Lucía duda
  7. 7. El grito que rompe el pacto
  8. 8. La salida hacia Cazorla no perdona

About this book

"El Pueblo Perdido De Cazorla" is a fiction book by Daniel de la Cruz Manjon Pozas with 8 chapters and approximately 32,372 words. Novela de misterio sobrenatural con adolescentes en Cazorla.

This book was created using Inkfluence AI, an AI-powered book generation platform that helps authors write, design, and publish complete books. It was made with the AI Novel Writer.

Frequently Asked Questions

What is "El Pueblo Perdido De Cazorla" about?

Novela de misterio sobrenatural con adolescentes en Cazorla

How many chapters are in "El Pueblo Perdido De Cazorla"?

The book contains 8 chapters and approximately 32,372 words. Topics covered include El cartel que nadie recuerda, La promesa que rompe el miedo, La fuente que traga los pasos, El pergamino con nombres prohibidos, and more.

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This book was written by Daniel de la Cruz Manjon Pozas and created using Inkfluence AI, an AI book generation platform that helps authors write, design, and publish books.

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