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Chapter 1
El taller donde empezó todo
El olor a grasa quemada se pegaba a la ropa antes de cruzar la puerta del taller. Tomás lo supo aquella mañana, cuando se detuvo frente al local con las manos metidas en los bolsillos y miró el letrero torcido, cubierto de polvo. Detrás de él quedaba la casa: nueve hijos, una madre de treinta y siete años y una mesa donde cada ración debía alcanzar para todos.
Su padre había muerto a los cuarenta años. Desde entonces, la ausencia ocupaba un lugar preciso en la vivienda. Estaba en la silla que nadie usaba, en el silencio que aparecía cuando había que pagar algo, en la manera en que su madre hacía cuentas con los labios apretados mientras sostenía al más pequeño contra el pecho. Tomás no necesitaba que nadie le explicara que la familia había quedado a la deriva. Lo veía en los zapatos gastados de sus hermanos y en las manos de su madre, enrojecidas por el agua y el jabón.
Tenía edad para entender algunas cosas y demasiada poca para saber cómo resolverlas. Aquella mañana había decidido pedir trabajo en el taller del barrio. No esperaba un oficio ni un sueldo fijo. Le bastaba con que le dieran unas monedas por barrer, alcanzar herramientas o limpiar piezas. Cualquier ayuda podía convertirse en pan, leche o carbón.
Empujó la puerta de madera. El chirrido se mezcló con el golpeteo de una llave contra el metal y con el ruido de un motor que tosía sobre unos soportes. El suelo estaba oscuro de aceite. Había trapos endurecidos, tornillos sueltos y manchas que parecían no desaparecer nunca. Tomás avanzó con cuidado, procurando no resbalar.
El patrón levantó la vista desde el motor abierto de un automóvil. - ¿Qué buscas?
Tomás se quitó la gorra y la apretó entre las manos. - Trabajo. Puedo ayudar en lo que sea.
El hombre lo observó de arriba abajo. Tomás sintió el frío del juicio antes de escuchar la respuesta. Llevaba una camisa que había pertenecido a uno de sus hermanos mayores y unos pantalones remendados en la rodilla. En la manga todavía se veía una mancha de harina de la casa. - ¿Sabes algo de mecánica? - No, señor. Pero puedo barrer, limpiar o traer lo que haga falta.
El patrón señaló una escoba apoyada junto a la pared. - Empieza por ahí. Si no estorbas, veremos.
Tomás tomó la escoba. El mango estaba áspero y tenía una astilla que se le clavó en la palma. No dijo nada. Recorrió el suelo levantando polvo, virutas y pequeños trozos de goma. El aire se volvió pesado. Le ardieron los ojos y la garganta, pero siguió moviendo los brazos.
Cada vez que terminaba un rincón, aparecía otro más sucio. Debajo del automóvil encontró una lata aplastada, un trapo empapado y una tuerca que guardó en un bolsillo. No sabía para qué servía, pero le pareció importante no desperdiciar nada. En su casa, hasta los objetos inútiles podían tener una segunda oportunidad.
Al poco rato, un hombre entró buscando una pieza. El patrón le pidió a Tomás que fuera a una tienda cercana. Le dio unas monedas y le advirtió que regresara rápido. Tomás salió corriendo por la calle polvorienta, cuidando que el dinero no se le escapara de la mano. El sol ya calentaba las paredes y el olor del taller seguía pegado a su camisa.
Cuando volvió, el patrón apenas miró la pieza. - Tardaste. - La estaban buscando. - La próxima vez pregunta menos y corre más.
Tomás bajó la cabeza. No había ido a discutir. Había ido a conseguir unas monedas para su madre. Pensó en ella inclinada sobre la olla, calculando el agua que añadiría para que el guiso pareciera abundante. Pensó también en el bebé, que podía llorar durante horas cuando faltaba leche, y en los hermanos mayores, que salían a buscar alguna tarea antes de que terminara el día.
Regresó a la escoba. El taller tenía un calor distinto al de la calle. Allí dentro el aire estaba encerrado, mezclado con gasolina, sudor y metal. Las paredes devolvían cada golpe. Cuando el patrón dejaba caer una herramienta, Tomás se sobresaltaba. Cuando el motor arrancaba, el ruido le vibraba en el pecho.
A media mañana, el hombre le ordenó que sostuviera una lámpara mientras revisaba una parte del automóvil. Tomás se agachó junto a él. El suelo le atravesó la tela del pantalón y una gota de aceite cayó sobre sus dedos. - No la muevas - dijo el patrón -. Si no ves, no sirves.
Tomás mantuvo el brazo extendido. La lámpara pesaba más de lo que parecía. El cable rozaba su muñeca y el calor de la bombilla le quemaba la piel. Aguantó sin cambiar de postura. En la casa había aprendido a quedarse quieto cuando el más pequeño dormía, a esperar su turno para comer y a no pedir cuando veía cansancio en la cara de su madre. Aquello no era tan distinto. También allí debía soportar el peso sin quejarse.
Al cabo de un rato, el patrón le quitó la lámpara. - Puedes ir a comer si traes algo.
Tomás no llevaba comida. Había salido de casa con el estómago vacío para no quitarle a nadie un pedazo de pan. Se encogió de hombros. - No tengo.
El hombre rebuscó en una caja y sacó un trozo de pan duro. - Toma. Y vuelve después.
Tomás recibió el pan con ambas manos. La corteza estaba seca y tenía el sabor del polvo, pero lo comió despacio. Cada mordisco le recordaba que en su casa nueve bocas dependían de decisiones pequeñas: cuánto se compraba, quién repetía, quién fingía no tener hambre. Guardó una parte en el bolsillo para llevarla a sus hermanos.
Por la tarde, el trabajo se hizo más pesado. El patrón le pidió que limpiara unas piezas con un líquido fuerte. Tomás recibió un trapo y un recipiente sin ninguna explicación. El olor le subió a la cabeza. Le picaron los dedos y tuvo que apartar la mano. - ¿Qué haces? - preguntó el hombre. - Me arde. - Si vas a llorar por eso, mejor vete.
Tomás miró sus manos. Las uñas estaban negras y la piel empezaba a ponerse roja. Pensó en marcharse. Durante un instante imaginó la calle, el aire abierto y el camino de regreso a casa. Pero también imaginó a su madre contando las monedas que no alcanzaban. Volvió a mojar el trapo. - No voy a llorar - dijo.
El patrón no contestó. Tomás siguió limpiando.
Cuando el sol empezó a bajar, creyó que la jornada había terminado. Guardó la escoba y se sacudió el polvo de la camisa. El cuerpo le dolía como después de cargar cubos de agua. El patrón abrió una caja metálica y sacó unas monedas. - Esto es por hoy.
Tomás las miró en su mano. Eran pocas, pero tenían un peso enorme. Las cerró en el puño. - ¿Puedo volver mañana? - Si quieres ganar algo más, sí. Pero tendrás que venir temprano y quedarte hasta que cierre.
Tomás levantó la vista. - ¿Hasta qué hora? - Hasta que termine el trabajo. Aquí no se paga por venir, se paga por servir.
No entendió del todo la frase, aunque comprendió lo esencial. Para recibir más, tendría que entregar más horas. Ya no se trataba solamente de barrer un rato. El taller quería sus brazos, su tiempo y su silencio. - Vendré temprano - respondió.
Salió cuando la calle comenzaba a enfriarse. El olor a gasolina lo acompañó hasta la casa. En el camino apretó las monedas dentro del bolsillo, temiendo perderlas entre los remiendos del pantalón. Al llegar, encontró a su madre sentada junto a la mesa. El más pequeño dormía en sus brazos. Los otros niños permanecían alrededor, cansados y callados. Había una olla sobre el fogón y muy poco dentro de ella.
Tomás dejó las monedas frente a su madre.
Ella las miró sin tocarlas. - ¿De dónde las has sacado? - Del taller. - ¿Qué hiciste? - Barrí, llevé piezas, limpié motores.
Su madre le tomó las manos. Al ver la piel enrojecida, frunció el ceño. - ¿Te lastimaste? - No es nada. - Tomás.
Él apartó la mirada. La habitación olía a humo y a ropa húmeda. Desde la calle llegaba el ruido de una bicicleta y, más lejos, el pregón de un vendedor. Dentro de la casa, el bebé respiraba con dificultad mientras su madre intentaba acomodarlo sin despertarlo. - El patrón dijo que tengo que quedarme hasta que cierre si quiero ganar más - explicó Tomás.
Su madre dejó las monedas sobre la mesa. - ¿Y cuándo vas a estudiar?
Tomás no respondió. En una esquina estaban sus cuadernos, abiertos sobre una caja. En ellos había intentado hacer las tareas por la noche, a la luz débil de una lámpara. Algunas páginas tenían manchas de grasa porque sus hermanos pequeños jugaban cerca y no había otro sitio donde estudiar. - Puedo estudiar después - dijo. - Después estarás cansado. - Todos estamos cansados.
La frase quedó entre los dos. Tomás se arrepintió al instante, pero su madre no se enojó. Bajó los ojos hacia el niño que dormía en sus brazos. Parecía más pequeña que la mañana anterior, como si las horas le hubieran quitado fuerza. - No quiero que dejes la escuela - dijo. - No la voy a dejar. Solo voy a ayudar.
Su madre cerró la mano sobre las monedas. No eran suficientes para cambiar la vida de la familia, pero podían comprar algo para la cena. También podían comprar una mañana menos difícil. Ella respiró hondo y se llevó una mano a la frente. - Mañana no podrás volver si no descansas.
Tomás observó el cansancio que le caía sobre los hombros. Por primera vez comprendió que sus monedas no resolvían la carga; apenas la sostenían durante un momento. Ayudar a su madre significaba también verla aceptar una preocupación nueva: la de tener a otro hijo trabajando en un lugar peligroso, expuesto a herramientas, líquidos y hombres que no tenían paciencia. - Volveré - dijo de todos modos.
Su madre no contestó. Separó una moneda para comprar pan y guardó las demás en una taza escondida detrás de la olla. Después acomodó al bebé y se levantó para repartir la comida.
Tomás se sentó junto a sus hermanos. Tenía las manos doloridas, la garganta áspera y la ropa impregnada de taller. Sin embargo, sentía que había cruzado una frontera. Por la mañana había entrado creyendo que bastaba con pedir una tarea. Por la tarde sabía que cada moneda exigía tiempo, fuerza y una parte de la infancia.
Miró el lugar vacío de su padre y entendió que la ausencia no era únicamente tristeza. También era una responsabilidad que había caído sobre todos, incluso sobre los más pequeños. Su madre seguía sosteniendo la casa, pero ya no podía hacerlo sola. El barrio, con sus talleres, sus encargos y sus trabajos mal pagados, era la red frágil que mantenía a la familia en pie.
Años después comprendí que aquella primera paga no fue una victoria completa. Nos ayudó a comer, sí, pero trajo consigo el precio de más horas y más cansancio. El taller me enseñó que la necesidad no siempre pregunta si uno está preparado. A veces simplemente abre una puerta estrecha y obliga a entrar.
Aquella noche, antes de dormir, escondí mis manos bajo la manta para que mis hermanos no vieran las heridas. En la otra habitación, mi madre seguía despierta, contando las monedas y repartiendo en silencio el día siguiente.
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What's inside: 8 chapters
- 1. El taller donde empezó todo
- 2. Aprender a leer con hambre
- 3. La fila del agua y la espera
- 4. La enfermedad del padre en los recuerdos
- 5. El trueque que casi nos rompe
- 6. Cuando la madre se quiebra
- 7. El día que tomamos el tren
- 8. Volver a creer en la escuela
About this book
"Los Años De La Ingenuidad" is a biography book by Eduardo Mondaca with 8 chapters and approximately 16,125 words. Memorias de la infancia en los años 60 y 70.
This book was created using Inkfluence AI, an AI-powered book generation platform that helps authors write, design, and publish complete books. It was made with the AI Biography Writer.
Frequently Asked Questions
What is "Los Años De La Ingenuidad" about?
Memorias de la infancia en los años 60 y 70
How many chapters are in "Los Años De La Ingenuidad"?
The book contains 8 chapters and approximately 16,125 words. Topics covered include El taller donde empezó todo, Aprender a leer con hambre, La fila del agua y la espera, La enfermedad del padre en los recuerdos, and more.
Who wrote "Los Años De La Ingenuidad"?
This book was written by Eduardo Mondaca and created using Inkfluence AI, an AI book generation platform that helps authors write, design, and publish books.
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