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Chapter 1
El espejo que no devolvía
El espejo apareció antes que los muebles.
Carlos lo vio apoyado contra la pared del cuarto prestado, cubierto por una sábana gris que se inflaba cada vez que el viento se colaba por la ventana. Afuera, los camiones rugían sobre la avenida de Ciudad de México y hacían vibrar los vidrios. Adentro, las cajas todavía conservaban los nombres de las ciudades anteriores: Querétaro, Monterrey, otra vez Ciudad de México. - No te quedes ahí parado - dijo Elena desde el pasillo -. Ayúdame con tus cosas.
Carlos tenía nueve años y sostenía una caja pequeña contra el pecho. Dentro estaban sus canicas, una libreta de tapas azules y el muñeco de plástico que Eduardo le había roto la semana anterior. Quería encontrar su almohada antes de que anocheciera. No pensaba dormir en una casa ajena sin ella. - ¿Puedo quedarme con este cuarto? - preguntó. - Por unos días - respondió su madre -. La tía ya fue muy amable al prestarnos la casa. Cuando tu papá consiga el departamento, tendrás uno para ti.
Carlos miró la sábana. - ¿Qué hay debajo?
Elena se acercó y le acomodó el cabello. - Un espejo viejo. No lo toques. Está pesado y puede romperse. - ¿Por qué lo tienen aquí? - Porque tu tía no sabe dónde guardarlo. Ahora ven.
Carlos obedeció, aunque antes de salir volvió la cabeza. La sábana se había detenido. El viento seguía entrando por la ventana, pero la tela permanecía inmóvil, pegada al cristal.
Dejó la caja junto a la cama y regresó por su almohada. La casa estaba llena de ruidos nuevos: tuberías que golpeaban dentro de las paredes, pasos de los vecinos sobre el techo y el zumbido intermitente del refrigerador. Luis discutía por teléfono en la sala, hablando de horarios y contratos. Elena arrastraba una maleta. Eduardo lloraba porque no encontraba sus coches. Jesus, que apenas tenía tres años, repetía una palabra sin sentido desde la cocina.
Carlos entró al cuarto y cerró la puerta.
No quería dormir todavía. Quería descubrir qué había bajo la sábana.
La tomó por una esquina. La tela estaba fría y húmeda, como si hubiera pasado la noche afuera. Al tirar, el espejo quedó descubierto.
Era alto, de marco oscuro y adornos dorados en las esquinas. El cristal tenía manchas opacas, pero reflejaba el cuarto con claridad. La cama, las cajas, la ventana.
Carlos se inclinó para limpiarlo con la manga.
En el reflejo, la puerta estaba abierta.
Se volvió.
La puerta estaba cerrada.
Carlos dejó caer la sábana. El golpe de la tela sobre el piso sonó demasiado fuerte. - ¿Mamá?
Nadie contestó.
Se acercó otra vez al espejo. La puerta reflejada continuaba abierta. Más allá se veía un pasillo que no existía en la casa: largo, estrecho, con paredes cubiertas de papel floreado. Al fondo había una figura pequeña, de espaldas.
Carlos levantó la mano.
La figura no se movió. - ¿Quién eres?
El niño del espejo giró lentamente la cabeza.
Carlos retrocedió. La figura tenía su misma pijama roja, su mismo cabello negro y la misma cicatriz diminuta junto a la ceja, una marca que se había hecho al caer de la bicicleta en Querétaro. Pero su rostro no se veía. Solo había una superficie lisa y pálida donde debían estar los ojos y la boca.
Carlos chocó contra la cama.
El reflejo volvió a ser normal.
La puerta cerrada. Las cajas. La ventana.
La sábana quedó a sus pies. - Carlos - llamó Luis desde el pasillo -. ¿Ya encontraste tu almohada?
Carlos abrió la puerta de golpe. Su padre estaba frente a él, con el teléfono en una mano y las llaves en la otra. - El espejo… - dijo Carlos. - ¿Qué pasa con el espejo? - Muestra un pasillo.
Luis miró hacia adentro. El cristal reflejó a ambos, pálidos bajo la luz amarilla del foco. - Solo muestra el cuarto. - No. Antes había alguien.
Luis se agachó hasta quedar a su altura. - Has viajado todo el día. Estás cansado. - No estaba soñando. - No dije que soñaras.
Su padre retiró la sábana del suelo y la colocó sobre el espejo. - Déjalo cubierto. Mañana veremos qué hacemos con él.
Carlos quiso insistir, pero la voz de Elena llegó desde la sala. - Luis, ven a ayudarme con la estufa.
Su padre le dio una palmada en el hombro. - Duerme. Mañana te llevo a conocer la escuela.
Carlos observó la sábana. Bajo la tela, el contorno del espejo parecía inclinarse hacia él.
Esa noche intentó dormir con la luz encendida.
La almohada olía a jabón viejo y la sábana de la cama raspaba sus piernas. Cada vez que cerraba los ojos escuchaba un roce detrás de la pared. No era un golpe ni un crujido. Parecía una uña deslizándose de arriba abajo.
Carlos se sentó.
El espejo estaba cubierto.
El roce se detuvo.
Entonces algo tocó el cristal.
Una vez.
Dos.
Tres.
Carlos bajó de la cama. El piso estaba helado. Caminó hasta el espejo y levantó apenas la sábana.
El pasillo había regresado.
Esta vez la figura estaba más cerca.
Carlos soltó la tela, pero no se apartó. El miedo le apretaba el estómago, aunque también sentía una curiosidad insoportable. Quería saber si aquello podía verlo.
Levantó la mano derecha.
En el espejo, la figura levantó la izquierda.
Carlos bajó la suya.
La figura no lo imitó.
El niño reflejado extendió un dedo y señaló detrás de Carlos.
Él se volvió.
No había nadie.
Cuando miró el espejo otra vez, la figura estaba pegada al cristal. Su rostro liso ocupaba casi toda la superficie. En el centro apareció una hendidura oscura, como una boca que se abriera desde dentro.
Carlos gritó.
La puerta se abrió y Elena entró corriendo. - ¿Qué pasó?
Carlos señaló el espejo.
El reflejo mostraba solamente a su madre, a él y el cuarto desordenado. - Está ahí - dijo -. Hay un niño.
Elena encendió la lámpara. La luz hizo retroceder las sombras de las esquinas. - No hay nadie. - Me señaló. - Carlos… - ¡Me señaló!
Elena lo abrazó. Carlos hundió la cara en su camisón y escuchó el latido acelerado de su madre. - Voy a dormir contigo - susurró ella -. Solo por esta noche. - No lo tapes otra vez. - ¿Por qué?
Carlos miró el espejo. La sábana se había deslizado hasta la mitad, aunque nadie la tocaba. - Porque sigue ahí.
Elena no respondió. Lo llevó a la habitación donde dormía con Luis. Carlos pasó el resto de la noche entre sus padres, despierto, escuchando los ruidos de la casa. Poco antes del amanecer oyó la voz de Jesus desde el pasillo. - Carlos.
Abrió los ojos.
Jesus estaba parado junto a la puerta. Llevaba un pijama azul y abrazaba un coche de plástico. - ¿Qué haces aquí? - preguntó Carlos.
El pequeño señaló hacia el cuarto prestado. - El niño quiere jugar.
Elena se incorporó. - ¿Qué niño?
Jesus miró a Carlos, confundido. - El del espejo.
Luis encendió la luz.
En ese instante, desde el cuarto, algo golpeó tres veces.
Carlos salió corriendo antes de que su padre pudiera detenerlo. Entró y encontró la sábana en el suelo. El espejo reflejaba una habitación distinta. Las cajas habían desaparecido. La cama estaba cubierta de manchas oscuras y, frente al cristal, había un niño arrodillado.
Carlos se acercó.
El niño levantó el rostro sin ojos.
En el vidrio apareció una palabra escrita desde el otro lado.
VEN. - ¡Carlos, aléjate! - gritó Luis.
Su padre lo agarró del brazo, pero Carlos se soltó. No quería que la figura siguiera allí. No quería que llamara a Jesus. Vio una silla junto a la pared, la tomó con ambas manos y la levantó. - ¡No! - dijo Elena -. ¡Está pesado!
Carlos golpeó el espejo.
El cristal estalló con un sonido seco. Fragmentos brillantes cayeron sobre la cama y el piso. Luis lo alcanzó justo cuando un trozo grande se desprendía del marco. Lo apartó contra su pecho.
Durante unos segundos, nadie habló.
El cuarto quedó lleno de polvo y pequeños destellos. Carlos tenía un corte en la palma. La sangre resbaló por sus dedos y cayó sobre los pedazos. - ¿Estás herido? - preguntó Elena.
Carlos negó con la cabeza, mirando el marco vacío. - Ya se fue.
Un fragmento triangular permanecía sujeto en la esquina inferior. En él todavía se veía el pasillo de papel floreado. La figura se alejaba lentamente, pero antes de desaparecer volvió el rostro hacia Carlos.
Esta vez tenía ojos.
Eran los ojos de Carlos.
Luis cubrió el marco con una manta y sacó a sus hijos del cuarto. Elena limpió la herida mientras le decía que todo había sido un accidente. Nadie mencionó la palabra escrita en el vidrio. Nadie volvió a mirar el espejo.
Al mediodía, la tía llegó y se quedó inmóvil frente a la puerta. - ¿Quién rompió eso? - Fue un accidente - dijo Luis.
La mujer no miró a Carlos. Miró los fragmentos esparcidos en el piso. - Ese espejo no debía estar aquí. - ¿Qué quieres decir?
La tía apretó las llaves entre los dedos. - Lo encontré en la casa cuando la compré. Lo mandé tirar dos veces. Siempre regresaba.
Carlos sintió que el corte de su mano volvía a arder. - ¿Regresaba cómo?
La mujer levantó la vista hacia él. - Entero.
Esa noche, Carlos durmió en la sala junto a Eduardo y Jesus. Luis y Elena hablaban en voz baja detrás de la puerta de la cocina. Nadie quiso llevarlo de vuelta al cuarto prestado.
Por primera vez desde que habían llegado, Carlos se permitió cerrar los ojos.
Al amanecer, un sonido de vidrio quebrándose lo despertó.
Se incorporó de golpe.
El cuarto prestado estaba al final del pasillo. La puerta se encontraba entreabierta. Carlos caminó hasta allí, sintiendo el frío subirle por las plantas de los pies.
La manta seguía en el suelo.
El marco estaba vacío.
Pero frente a la pared había un espejo intacto.
El mismo marco oscuro. Los mismos adornos dorados. Ni una grieta.
Carlos se acercó sin respirar.
El cuarto reflejado estaba limpio. Las cajas habían sido acomodadas. La ventana permanecía cerrada. Detrás de él, en la realidad, Eduardo dormía sobre el sofá y Jesus abrazaba su coche.
En el reflejo, ambos niños estaban de pie.
Y junto a ellos había alguien más.
Carlos levantó la mirada.
El niño sin rostro ya no estaba dentro del espejo.
Estaba detrás de él.
El niño sin rostro estaba detrás de él.
Carlos giró tan rápido que su corte en la palma palpitó. La casa amanecía sin luz. El vidrio del espejo no reflejaba la lámpara del pasillo; reflejaba otra cosa: una calle empedrada bajo un cielo que no conocía, y más allá, una figura alta de gabardina negra que avanzaba sin hacer ruido. Llevaba botas que apenas rozaban el suelo y un sombrero ancho que hundía su rostro en una sombra absoluta. Desde el borde del ala, una palabra parecía vibrar en el aire del reflejo, como si el mismo vidrio la pronunciara: YAHAL.
La voz del niño resonó detrás de Carlos, tenue pero distinta a la del espejo. No era la voz de Jesus, ni la de Eduardo. Era una voz como de papel húmedo. - Ven.
Carlos sintió el calor del aliento en la nuca y, por un segundo, creyó oler a humo y a tierra mojada. Sus dedos buscaron el marco vacío; en la esquina donde antes había quedado un fragmento, ahora la madera tenía una hendidura fresca. Todo el cuarto olía a vidrio roto y a algo antiguo, como un ataúd abierto.
• Luis - susurró, sin girar del todo -. Papá.
Su padre apareció en el umbral, todavía con las llaves en la mano. La luz del pasillo lo dejó hecho sombra. - ¿Qué haces aquí? - preguntó, intentando sonar tranquilo, pero la boca le tembló.
Detrás de Carlos, la respiración del niño se volvió insistente. Jesus, aún somnoliento, repetía en la sala: - El niño quiere jugar.
Carlos no podía apartar la vista del espejo. En el reflejo, la figura de gabardina se había detenido a dos pasos del niño sin rostro y levantaba la mano derecha. No mostraba dedos, sólo una mancha oscura que parecía absorber la luz. Sobre la gabardina, algo escrito en letras pequeñas y enrojecidas brillaba por encima del dobladillo: YAHAL, señor de la llegada.
Esa palabra se pegó en la lengua de Carlos como si hubiera estado esperando. No venía de fuera; estaba dentro de su cabeza, plantada como una semilla. Recordó, confuso, otra noche, otro cuarto, la sábana moviéndose sin viento. Recordó la marca en su palma que ardía cada vez que el espejo respiraba. La marca. VEN. Y ahora YAHAL, que tenía un peso distinto, como si nombrarlo cerrara puertas.
• No - dijo Carlos, la voz rota -. No aquí.
Luis lo tomó del brazo con fuerza. - Basta - ordenó -. Ven a desayunar.
Carlos sintió la mano de su padre caliente y áspera. En su interior, algo luchaba por salir; una urgencia fría que le gritaba que si dejaba el espejo, la gabardina cruzaría el vidrio y el niño sin rostro empujaría la puerta. Sin embargo, al otro lado del pasillo, la casa seguía siendo la misma: platos en la mesa, la radio en la cocina, Eduardo roncando en el sofá. La vida continuaba como si una grieta en el mundo no se abriera debajo de sus pies.
• Tengo que quedarme un momento - contestó, y la voz le pareció débil ante la certeza que le ardía las sienes.
Luis frunció el ceño, pero no protestó. Había algo en la mirada de su hijo que no supo leer, y en casa el cansancio hacía falsas prudencias. Volvió a la cocina, arrastrando las llaves, la presencia de un hombre que prefería no entender.
Cuando la puerta se cerró, Carlos se acercó de nuevo. El aire del cuarto estaba frío y seco; la textura del marco bajo sus dedos era la de la madera que no debería existir, áspera y sin polvo. En el reflejo, el niño sin rostro ya no estaba frente al vidrio: estaba junto a la figura de gabardina, y entre ambos se abría una grieta oscura que olía a algo antiguo, a voz enterrada. La grieta respiraba.
Carlos lo sabía: su objetivo era simple y urgente. Si la palabra VEN había sido una invitación, entonces romper el espejo le había dado a la figura una vía de paso. Su objetivo era impedirlo. Pero no tenía un plan, solo una decisión.
Sacó la camisa de dormir y cubrió el marco con la misma manta con la que su padre había intentado ocultarlo antes. No para esconderlo de la casa, sino para contener la visión. La tela tembló bajo sus manos, como si la gabardina palpitará al contacto. Por debajo, algo raspó, como uñas buscando el borde.
Carlos apretó con todas sus fuerzas y, sin pensarlo más, pronunció la única palabra que le quedaba: - Vete.
El sonido fue ridículo frente a la calma del espejo, pero la gabardina retrocedió un instante en el reflejo, como si el aire hubiera mordido su filo. El niño sin rostro volvió la cabeza; por un segundo, Carlos creyó reconocer sus propios ojos en aquel vacío. Luego la manta se deslizó de su mano y la tela cayó al suelo. La casa entera pareció contener la respiración.
No consiguió más. El cuarto recobró su penumbra habitual, la grieta en el vidrio dejó de brillar, y en el borde del espejo, apenas visible, apareció otra marca sobre la palmano era la palabra VEN esta vez. Era una letra, tallada en la piel con la misma precisión de una firma: una R, como si alguien hubiera querido recordar un nombre.
El dolor en la palma subió de la herida vieja y lo lanzó hacia atrás. Carlos se llevó la mano al pecho, intentando calmar el latido que le martillaba la garganta. La R brillaba húmeda, recién hecha, y bajo ella la piel no sanaba: parecía abrirse en un pequeño pozo oscuro. Por un instante creyó que aquello podía arrancarse, arrancar la marca y con ella lo que empujaba tras la gabardina. Pero la mano no obedeció; solo tembló.
Desde la cocina llegó la voz de Elena, preguntando si querían huevo o pan. Era una voz normal, domesticada, sin la fisura que resonaba en su cabeza. Carlos la oyó y comprendió que el mundo seguía su curso ajeno a la hendidura que acababa de crecer en su vida. Eso le dolió más que la marca.
Decidió entonces hacer algo que ninguno de los adultos consideraría razonable y que, en retrospectiva, sabría que lo convirtió en prisionero de la casa: recogió los fragmentos esparcidos por el piso. No todos; solo los que tenían pedazos del reflejo donde la gabardina y el niño sin rostro se habían mostrado. El corte en su palma ardía con cada trozo que rozaba la sangre. La luz de la mañana se partía en astillas sobre los cristales y el cuarto comenzó a parecerse a un tablero de vidrio incrustado con imágenes que no eran del ahora.
Apiló los fragmentos sobre la cama. En la esquina del que conservaba la esquina del pasillo de papel floreado, la boca oscura del niño sin rostro se abrió otra vez, y en lugar de una palabra esta vez se formaron letras que se deslizaban como limo: ROLANDO.
El nombre le explotó en la cabeza. Rolando. Era imposible que pensara en aquello ahora; Rolando era la constelación que iba a guiarlo más adelante, la amistad que aparecería y desaparecería con mudanzas y silencios. Pero ver el nombre flotando en vidrio cortado lo dejó sin aliento. Aquella imagen no venía del futuro ni del pasado: era una posibilidad que mordía la línea del presente.
Un ruido seco los sobresaltó. Eduardo había entrado con el rostro aún hinchado por el sueño. Se quedó inmóvil al ver la cama cubierta en cristales y el espejo aprisionado tras la manta. - ¿Qué pasó? - preguntó, la voz de un niño que intentaba que todo siguiera siendo orden.
Carlos ocultó la palma con la R. - Se rompió - dijo. Mentía con la voz breve, y en la mentira colaba un instinto que no podía nombrar: protegerlos a todos del apetito de la figura.
Eduardo se sentó al borde de la cama y, sin pensar, juntó un fragmento. Su reflejo en el trozo le devolvió la imagen de un pasillo, pero su rostro apareció junto a una sombra que no existía en la habitación. Eduardo apretó el cristal con dedos pequeños y dijo: - Está frío.
Carlos vio en los ojos de su
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What's inside: 5 chapters
- 1. El espejo que no devolvía
- 2. Rolando y el mapa de sombras
- 3. La universidad donde murió Rolando
- 4. El precio del nombre pronunciado
- 5. La última despedida en el túnel
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"Sombras en la ruta." is a fiction book by Carlos Preciado with 5 chapters and approximately 10,324 words. Historia de terror paranormal sobre Carlos y su amigo Rolando.
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Frequently Asked Questions
What is "Sombras en la ruta." about?
Historia de terror paranormal sobre Carlos y su amigo Rolando
How many chapters are in "Sombras en la ruta."?
The book contains 5 chapters and approximately 10,324 words. Topics covered include El espejo que no devolvía, Rolando y el mapa de sombras, La universidad donde murió Rolando, El precio del nombre pronunciado, and more.
Who wrote "Sombras en la ruta."?
This book was written by Carlos Preciado and created using Inkfluence AI, an AI book generation platform that helps authors write, design, and publish books.
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