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Chapter 1
Los billetes que traen la sangre
La puerta del edificio se desprendió de sus goznes cuando Sofía Rivas apoyó el hombro. Cayó hacia dentro con un estruendo que recorrió las oficinas vacías y levantó una nube de yeso. Durante un segundo, nadie se movió.
Luego, desde la avenida, llegó el silbido de una patrulla. - Adentro - susurró Sofía.
Tomás empujó a su hermano menor por el hueco. Nico tropezó con un archivador oxidado y soltó un gemido. Sofía lo agarró del abrigo antes de que cayera sobre los cristales.
El antiguo banco se alzaba en mitad del Distrito Financiero como un diente negro. Las letras doradas de la fachada habían desaparecido bajo el hollín, pero todavía podían leerse algunas: BAN… OF… AMERICA. En los cuatro meses desde que el R.P.G., la rápida propagación global, había convertido las ciudades en fosas abiertas, nadie había vuelto a depositar nada allí. Sin embargo, el rumor decía que los saqueadores del mercado guardaban medicamentos y dólares en las cámaras interiores.
Sofía necesitaba ambas cosas.
En el edificio semiderruido donde se escondían, Elena llevaba dos días con fiebre y la pierna de Tomás se estaba hinchando alrededor de una mordedura antigua, una marca que no se atrevían a mirar demasiado tiempo. Sin medicinas, no llegarían a la primavera. Sin billetes, no podían pagar el paso hacia el norte. Los grupos que controlaban los puentes y los túneles ya no aceptaban comida ni promesas. Solo dinero.
Sofía cerró la puerta con cuidado. El metal golpeó el marco. - No hagas ruido - dijo. - La puerta ya hizo todo el ruido - contestó Tomás. - Entonces no le des compañía.
Nico respiraba demasiado rápido. Tenía diecisiete años, aunque el hambre le había afilado la cara hasta hacerlo parecer menor. Llevaba una navaja en la mano y una mochila vacía a la espalda. - ¿Dónde está el mercado? - preguntó.
Sofía señaló el corredor que conducía a las antiguas oficinas de atención al cliente. - Debajo. Los vendedores entran por los pasillos de servicio. Si encontramos la cámara, llenamos las mochilas y salimos por el estacionamiento. - ¿Y las patrullas? - Las evitamos.
Un golpe seco sonó en el exterior. Después otro. Las botas pasaron frente a la fachada, lentas, organizadas. No eran militares. Los militares habían desaparecido con los gobiernos, las órdenes y las banderas. Aquellos hombres llevaban brazaletes grises y máscaras de tela. La Guardia del Peaje, como se llamaban, había convertido el Distrito Financiero en una frontera privada.
Sofía levantó dos dedos. Todos se agacharon.
Una voz atravesó los cristales rotos. - Registrad los accesos. Han visto movimiento en Nassau.
Otra respondió: - Si hay sangre, avisad. El rastreador está cerca.
Sofía miró a Nico. Él entendió el mensaje y apretó la navaja.
Al principio, el virus había viajado en sangre, saliva y otros fluidos. Bastaba una mano manchada, un abrazo mal calculado, una herida abierta. Después mutó. El R.P.G. dejó de necesitar tanta facilidad. La sangre siguió siendo suficiente. También los mordiscos. También una cortada profunda provocada por alguien infectado. La mutación había hecho creer a muchos que estaban a salvo. Para entonces, el mundo ya se había roto.
Sofía indicó el corredor.
Avanzaron entre cubículos volcados y pantallas ennegrecidas. El suelo estaba cubierto de papeles húmedos, tarjetas de crédito y fotografías de empleados que nunca habían regresado. El aire olía a moho, plástico quemado y algo metálico que Sofía no quiso identificar.
Al llegar a las escaleras, Tomás le tocó el brazo. - Hay luz abajo.
Una franja amarilla se filtraba bajo la puerta del sótano.
Sofía sacó el revólver. Solo tenía tres balas. - Nico, quédate detrás de mí. Tomás, cubre la escalera. - No puedo ver nada desde aquí - murmuró él. - Entonces escucha.
Sofía entreabrió la puerta.
El sótano estaba lleno de puestos improvisados. Habían arrancado las puertas de los despachos para construir mesas. Sobre ellas había latas, botellas, vendas, ampollas y bolsas de plástico. Tres lámparas de camping colgaban de cables. Al fondo, una verja abierta conducía a las cámaras del banco.
Un hombre con chaleco gris contaba billetes sobre una mesa. No los contaba como dinero. Los separaba con pinzas.
Sofía contuvo la respiración.
Los dólares estaban húmedos. Algunos tenían manchas oscuras en los bordes. Otros brillaban con una película aceitosa bajo la luz. - No puede ser - susurró Tomás.
El hombre del chaleco levantó la cabeza. - ¿Quién anda ahí?
Sofía cerró la puerta de golpe. - ¡Ahora!
Tomás bajó por la escalera y disparó una flecha desde la ballesta. El virote atravesó la lámpara. El sótano quedó a oscuras, salvo por el resplandor azul de una salida de emergencia.
Los gritos estallaron debajo.
Sofía empujó a Nico. - Corre hacia la cámara.
Bajaron. Algo chocó contra la puerta. Alguien gritó que cerraran los accesos. Las patrullas de arriba empezaron a golpear el vestíbulo.
El mercado se convirtió en un laberinto de cuerpos y mesas volcadas. Sofía esquivó una mano que intentó agarrarle el tobillo. Nico lanzó una lata contra un perseguidor y siguió corriendo. - ¡Por aquí! - gritó Tomás.
Había encontrado una abertura entre dos estanterías. Los tres se deslizaron por ella justo cuando una bala mordió la pared. El disparo levantó polvo de ladrillo.
La cámara acorazada apareció al final del pasillo. La puerta estaba abierta, pero la oscuridad del interior parecía más densa que la del sótano.
Sofía entró primero.
Dentro quedaban cajas de seguridad arrancadas, estantes vacíos y varias bolsas de lona. Una de ellas estaba abierta. De su interior sobresalían fajos de billetes.
Nico dio un paso. - No los toques - dijo Sofía. - Hemos venido por ellos. - No los toques con las manos.
Sacó un par de guantes de goma de su bolsillo. Eran delgados, amarillentos y estaban a punto de romperse. Se los ajustó sobre los dedos. Tomás encontró una caja de plástico y la abrió con la culata de la ballesta. - Las medicinas están aquí - dijo -. Antibióticos, analgésicos… hay insulina.
Sofía sintió que algo se aflojaba dentro de ella. Por primera vez en días, Elena tendría una posibilidad.
Entonces oyó el ruido.
No venía del pasillo. Venía de la bolsa de billetes.
Un goteo leve. Casi imperceptible.
Sofía se acercó con la linterna. Una sustancia oscura se había acumulado en el fondo de la lona. Los billetes estaban impregnados. No era humedad. Era sangre diluida, seca en algunos bordes y fresca en otros.
Nico tragó saliva. - ¿Los prepararon así? - No lo sé. - Sofía.
Tomás señaló un paquete. En el papel había un sello descolorido: R.P.G. Una flecha roja apuntaba hacia la palabra circulación.
Sofía recordó los primeros meses: los cajeros entregando cambio, los vendedores tocando billetes, los hospitales recibiendo donaciones, las manos pasando de una persona a otra antes de que nadie supiera qué estaba ocurriendo. Recordó las pantallas anunciando que la infección se transmitía por contacto. Recordó a los portavoces de las corporaciones hablando de protocolos mientras las ambulancias se amontonaban en las avenidas.
La limpieza global. Así la habían llamado en los archivos que encontraron semanas después. Un plan creado en un laboratorio para reducir poblaciones y controlar a los supervivientes. Pero el virus se había salido de control antes de que pudieran cerrar las puertas. - Mételos en la caja - ordenó Sofía. - ¿Estás loca? - dijo Nico. - Sin ellos no saldremos de Manhattan. - Con ellos podemos infectar a todos. - Ya están infectados los que los tocaron.
Tomás la miró. - Eso no responde nada. - Responde lo suficiente.
Un estrépito sacudió el pasillo. La puerta de la cámara empezó a cerrarse. Alguien había accionado el mecanismo desde fuera.
Sofía metió los fajos en la caja de plástico con las manos enguantadas. Nico agarró la bolsa de medicinas. Tomás tiró de la puerta, pero el hierro se movió apenas unos centímetros. - ¡Se cierra! - Empuja. - ¡Estoy empujando!
Al otro lado, una voz gritó: - ¡Hay tres dentro! ¡El rastreador los ha olido!
Sofía se quedó quieta. - ¿Qué rastreador?
Un golpe atravesó la puerta. Luego otro. El metal vibró bajo sus dedos.
Nico retrocedió. - Nos han seguido. - No - dijo Tomás -. La sangre.
El muchacho miró su mano. Una astilla de vidrio le había abierto la palma al entrar. La sangre le corría por la muñeca y goteaba sobre la caja de medicamentos.
Sofía sintió que el mundo se estrechaba hasta aquella línea roja. - Nico, aprieta la herida. - No puedo. - ¡Aprieta!
Él obedeció. Sofía arrancó una tira de su camisa y le envolvió la mano. La puerta volvió a temblar. - Hay una salida trasera - dijo Tomás -. Las cámaras conectan con el túnel de mantenimiento.
Sofía levantó la caja de billetes. Pesaba poco. Pesaba como una sentencia. - Vamos.
Tomás encontró la compuerta detrás de un estante. El mecanismo estaba oxidado, pero cedió al tercer golpe. Un túnel estrecho descendía hacia las entrañas del edificio. El agua les cubría los tobillos. Algo pequeño huyó entre sus pies.
Detrás de ellos, la puerta de la cámara cedió. - ¡Al túnel! - gritó una voz.
Sofía empujó a Nico primero. Tomás entró después. Ella se volvió justo a tiempo para ver una mano gris cruzar la abertura. Un hombre de la Guardia del Peaje metió medio cuerpo en la cámara, con una máscara ajustada y un cuchillo en la mano.
Sofía disparó.
La bala le arrancó el hombro. El hombre cayó hacia atrás, pero no antes de lanzar el cuchillo.
La hoja golpeó a Nico en el costado.
El muchacho soltó un sonido breve, sorprendido, y cayó de rodillas.
Sofía dejó la caja de dinero en el agua y lo agarró. - ¡Nico!
La sangre comenzó a extenderse por su abrigo.
Tomás regresó para ayudarla, pero los gritos del pasillo se acercaban. - Tenemos que moverlo. - Está herido. - Lo sé. - Puede ser una herida del infectado. - El cuchillo era del guardia. No sabemos dónde lo usó.
Nico apretó los dientes. - No me dejéis aquí.
Sofía miró su rostro pálido. Después miró la caja de plástico, flotando junto a una rejilla, llena de billetes capaces de abrirles una ruta de salida y de condenar a cualquiera que los tocara. - No te vamos a dejar - dijo.
Se echó el brazo de Nico sobre los hombros. Tomás recuperó la caja y la bolsa de medicamentos. Avanzaron por el túnel mientras las botas golpeaban la escalera detrás de ellos.
La compuerta de salida daba a un callejón bloqueado por un autobús volcado. Tuvieron que trepar por encima de la carrocería. Afuera, la noche de Manhattan estaba cortada por columnas de humo. En lo alto, entre edificios sin ventanas, ardían pequeñas fogatas de vigilancia.
Sofía sacó a Nico al asfalto. Él cayó de lado. La venda improvisada ya estaba empapada. - Presiona - dijo ella. - Estoy presionando. - Más fuerte. - No siento los dedos.
Sofía abrió la bolsa de medicinas con los dientes y encontró gasas, alcohol y una caja de antibióticos. Tomás vigilaba la avenida con la ballesta levantada.
Entonces sonó un silbido al otro lado del distrito.
Uno.
Dos.
Tres.
Las luces de las patrullas se encendieron entre los edificios. No eran muchas, pero avanzaban desde varias calles.
Tomás miró la caja. - Nos han marcado.
Sofía entendió. El rastreador no había seguido a Nico. Había seguido la sangre, y ahora conocían su olor, su ruta, quizá también el rastro de los billetes.
Nico intentó incorporarse. - ¿Qué hacemos?
Sofía cerró la bolsa de medicinas y apretó la caja contra el pecho. Manhattan se extendía alrededor de ellos como una ciudad muerta que aún sabía cazar. - Volvemos al edificio - dijo -. Y nadie toca ese dinero.
A lo lejos, una voz amplificada ordenó que se detuvieran.
Sofía levantó a su hermano. La herida dejó una gota oscura sobre el asfalto.
Las patrullas giraron hacia ellos.
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What's inside: 5 chapters
- 1. Los billetes que traen la sangre
- 2. Juramento de no morder, no matar
- 3. La pista del laboratorio enterrado
- 4. El túnel donde la secta cobra sangre
- 5. Salir de Manhattan sin volver a caer
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"Cenizas De Manhattan" is a fiction book by G G with 5 chapters and approximately 11,859 words. Supervivencia en Nueva York tras un virus de rápida propagación global.
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Frequently Asked Questions
What is "Cenizas De Manhattan" about?
Supervivencia en Nueva York tras un virus de rápida propagación global
How many chapters are in "Cenizas De Manhattan"?
The book contains 5 chapters and approximately 11,859 words. Topics covered include Los billetes que traen la sangre, Juramento de no morder, no matar, La pista del laboratorio enterrado, El túnel donde la secta cobra sangre, and more.
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